Salinas Pliego: la exaltación de un déspota

Crédito de la imagen: Oldemar González

El festejo que Ricardo Salinas Pliego se organizó para sí mismo la noche del 25 de octubre en la Arena Ciudad de México retrata la jactancia autolaudatoria, la prepotencia, el desdén incluso hacia sus seguidores, y el discurso autoritario que ahora propaga con más asiduidad. Aquella noche, para celebrar sus 70 años, el dueño de TV Azteca reunió a 22 mil personas. Cada asistente recibió una playera con la imagen del empresario y un talonario que podía canjear por comida, refresco y cerveza. Se rifaron ¡dos motocicletas!, hubo cantantes y, en el momento culminante del espectáculo, apareció una docena de botargas que pretendían imitar al ex presidente López Obrador, a sus hijos y a Adán Augusto López, Gerardo Fernández Noroña, Ricardo Monreal, entre otros. Un personaje más, representando a un narcotraficante, simuló que repartía dinero entre ellos, de acuerdo con la detallada crónica de Zedryk Raziel.

Las burlas que promueve Salinas Pliego no son crítica política sino insumos que acentúan la polarización. No están respaldadas en investigaciones documentadas sino en suposiciones y descalificaciones personales. Los abusos y desde luego las complicidades criminales de los gobernantes, es preciso denunciarlas con datos y hechos. El sarcasmo, el insulto y la humillación, recursos favoritos de Salinas Pliego, cancelan el debate público.

Solamente un individuo que busca validar su imagen con el aplauso instrumental de otros organiza una autocelebración con 22 mil personas. La vida privada como recurso de movilización, la construcción clientelar de audiencias y la configuración de un liderazgo sustentado en la imagen, de escasas ideas y que apuesta a las emociones catárticas, son rasgos de la apuesta política que despliega Salinas Pliego. Cinco días antes de ese evento tuvo un festejo más privado, en el que ofreció algo más que cervezas y fritangas, en una hacienda en Malinalco. En las paredes había grandes carteles con el rostro del festejado, el de Margaret Thatcher e imágenes de bitcoin (al que, de manera muy elemental, considera alternativa a la regulación de los bancos centrales). Salinas Pliego dijo allí:  “Es momento de entrar a una nueva etapa, otro reto… sacar a los zurdos de mierda y mandarlos a chingar a su madre”. Algunos de los 300 invitados le gritaron “¡presidente, presidente!”.

Después de un largo pleito judicial que terminó perdiendo, Salinas Pliego y varias de sus empresas pagarán 32 mil 132 millones de pesos por la deuda fiscal que acumularon durante más de 20 años. Aunque en varias ocasiones el gobierno federal informó que esa deuda ascendía a 74 mil millones de pesos si se incluían multas y recargos, la Suprema Corte resolvió en diciembre que Grupo Salinas debía pagar 51 mil millones de pesos. Finalmente las autoridades fiscales aceptaron un pago de 32 mil 132 millones de pesos de los cuales 10 400, según se informó el 29 de enero, ya habían sido entregados a la Tesorería de la Federación. Los 21 mil 732 millones de pesos restantes serán cubiertos en 18 pagos.

Más allá de la discusión que puede haber sobre el monto que las empresas de Salinas Pliego debían pagar por sus adeudos fiscales, y sin desconocer que 32 mil son muchos millones de pesos, se puede considerar que no fue un arreglo desfavorable para ese consorcio. El gobierno le condonó casi 19 mil mdp respecto de la cantidad que estableció la Corte. Si el crédito por los 21.7 mil millones de pesos que aún debe, a Salinas Pliego el SAT se lo hubiera cobrado con las tasas que las tiendas Elektra les imponen a sus clientes (a un CAT de 62.5% sin incluir IVA) esa deuda hubiera ascendido, en un año, a 35 314 millones de pesos. Así que cuando Salinas Pliego, con la retórica estrepitosa que acostumbra, se queja de acciones autoritarias del Estado, no recuerda que él mismo, como empresario, establece para sus clientes condiciones de expoliación y usura.

Millares de clientes de las tiendas y otros negocios de Salinas Pliego pagan sus impuestos con puntualidad porque son contribuyentes cautivos, o porque reconocen esa obligación. La enorme mayoría de los mexicanos, por otra parte, no ha contado con el apoyo que sucesivos gobiernos, del PRI, el PAN y Morena, le han otorgado a ese empresario. 

Las concesiones de televisión y otras empresas de medios que obtuvo en 1993, fueron resultado no sólo de una propuesta económica. sino de una decisión política del gobierno de Carlos Salinas de Gortari a favor de Salinas Pliego. A partir de entonces, y en buena medida debido a la influencia política que obtuvo como propietario de Televisión Azteca, sus negocios se beneficiaron con contratos otorgados por gobiernos federales y estatales. Convenios para empresas ligadas a la explotación petrolera, adquisición de pólizas en Seguros Azteca, acuerdos con Banco Azteca para la distribución de recursos públicos, pago de servicios a TotalPlay, cuantiosos donativos a proyectos culturales de Fundación Azteca y desde luego abundante publicidad oficial, han sido unos cuantos de los constantes y crecientes tratos del Grupo Salinas con variadas dependencias del Estado mexicano. El periodista Mathieu Tourliere, primero en Proceso y luego en el libro La fórmula Salinas. Las redes del poder en México, ha documentado el empleo de recursos públicos a favor de ese empresario.

Aunque con frecuencia se involucra en litigios judiciales y dice que reivindica la aplicación de la ley, Salinas Pliego no tiene inconveniente para infringirla cuando le hace falta. Aunque ha transcurrido casi un cuarto de siglo, no puede ni debe olvidarse el asalto armado con el que se apoderó de la planta transmisora del Canal 40, en el Cerro del Chiquihuite, el 27 de diciembre de 2002. Sus diferencias de negocios con el propietario de ese canal de televisión, Javier Moreno Valle, Salinas Pliego las zanjó enviando a un comando, integrado por guardias de seguridad enmascarados, que se apropió de esa planta.

Salinas Pliego justificó ese despojo diciendo que como los tribunales no funcionaban, alguien tenía que poner orden en el país. La negligencia cómplice del gobierno de Vicente Fox (que cuando le preguntaron qué haría ante ese atropello dijo su emblemática frase “¿Yo? ¿Por qué?”) permitió que el dueño de TV Azteca se saliera con la suya. Una vez más, en aquel episodio que dejó a la sociedad mexicana sin la opción informativa independiente que representaba Canal 40, el Estado favoreció a Salinas Pliego.

Ricardo Salinas Pliego es un antiestatista de ocasión. Cuando le conviene, aprovecha la condescendencia de instituciones estatales. Cuando puede, busca influir directamente en ellas. Tiene a su disposición al menos a un partido político, el PVEM, en donde ha colocado a familiares suyos y colaboradores de sus empresas.

Durante dos décadas, Salinas Pliego respaldó las campañas de Andrés Manuel López Obrador y su partido. En 2006 ese entonces candidato presidencial tuvo en Televisión Azteca un espacio diario, por las mañanas, por el cual su campaña pagó un costo cuarenta veces menor a las tarifas de esa empresa (los partidos todavía podían contratar espacios en medios de radiodifusión). Aún así, de los recursos que TV Azteca recibió ese año por venta de espacios de propaganda política, la mitad fue gastada por la campaña de López Obrador. Entre enero y junio de aquel 2006, López Obrador fue el candidato presidencial que más espacio recibió en Hechos, el noticiero nocturno de TV Azteca (estos datos se encuentran en mi libro Simpatía por el rating). En 2012, en ese noticiero, AMLO recibió casi el mismo espacio que el candidato del PRI y en 2018 fue el aspirante presidencial con mayor cobertura. En 2024, Claudia Sheinbaum tuvo en Hechos más tiempo que otros candidatos (los datos se encuentran en los monitoreos de noticieros realizados por encargo del INE).

Aunque incluso los neoliberales más radicales reconocen que las regulaciones estatales son necesarias, Salinas Pliego se resiste a ellas. Pretende, además, que sus intereses están por encima del interés público. En la pandemia, por ejemplo, puso en riesgo a trabajadores y clientes de sus empresas cuando se negó a seguir los lineamientos para detener los contagios de Covid. A las reglas, las asume como marcos negociables, o prescindibles si le estorban. En su megalomanía, supone que él, sus empresas y la causa de la que se considera emblema, son lo mismo. Los cuestionamientos a sus negocios los asume como ofensas personales; discutir su desempeño público es atacar “la libertad”. 

Igual que otros personajes autoritarios, Salinas Pliego escinde a la sociedad en dos bloques: los que están con él y en contra suya. No repara en matices. Ante la discrepancia, reacciona con hostilidad. En vez de razones, postula improperios. A quienes lo desafían, o a aquellos que según él representan ideologías que abomina, intenta humillarlos. Con frecuencia, traduce su agresividad en misoginia: “textoservidoras”, “brujas”, “perras”, “marranas”, acostumbra decir. No deja de ser sintomática su propensión para maltratar verbalmente a mujeres.

Salinas Pliego tiene un discurso aparentemente libertario pero pretende imponerlo sin diálogo y sin reconocer que como ciudadanos todos somos iguales —principios, ambos, de la libertad en una sociedad democrática—. No entiende a la vida pública como un proceso deliberativo sino como escenario para reemplazar un discurso hegemónico, por otro. Habla desde el poder económico y mediático que son excluyentes de los demás. En los medios bajo su control no hay apertura a voces que discrepen de la suya. 

Ese tosco discurso da cuenta de la pobreza del ideario (por decirle de alguna manera) de Salinas Pliego y se sintoniza con la simpleza que prevalece en las redes sociodigitales. Allí siempre hay quienes aplauden los improperios y el enfrentamiento. Salinas Pliego tiene 2.2 millones de seguidores en Twitter y TikTok y 1.2 en Facebook. En esos espacios se presenta como “Don” Ricardo Salinas Pliego, que es un tratamiento que por lo general se asigna a otras personas para reconocerlas, pero que resulta desmesurado imponérselo a uno mismo.

En esas redes Salinas Pliego se ufana de sus bienes, viajes y lujos. Gracias al deslumbramiento que suscita la ostentación, cosecha el interés de muchos. A sus detractores, les replica que lo critican por envidia —como si ese modo de vida fuese un paradigma para todos—.

“El Tío Richie”, le dicen también sus seguidores. Además de tuiteros enfadados y tiktoqueros despistados, entre quienes aplauden o promocionan a Salinas Pliego se encuentran ciudadanos enterados y dirigentes de oposición. El actual antimorenismo de ese personaje conduce a algunos a creer que el enemigo de su enemigo, es su amigo o que puede ser su aliado. Se equivocan.

Los negocios turbios de funcionarios de Morena en todos los niveles, la complacencia o incluso complicidad con grupos criminales, las torpezas en la administración pública y la desvergüenza del oficialismo y sus propagandistas cuando intentan justificar esos desmanes, crean un terreno fértil para los dicterios de Salinas Pliego. “Gobiernícolas” es otro de sus agravios favoritos, como si la administración pública pudiera ser prescindible, o sus integrantes fuesen fatalmente parasitarios y corruptos. La que promueve, de esa manera, es una ideología de derechas, discriminatoria, pretendidamente libertaria pero en realidad autoritaria. El autoritarismo antiestatista, arrogante y déspota de Salinas Pliego, no es mejor que la autoritaria concentración del poder, corrupta y clientelar de Morena y el obradorismo.

Raúl Trejo Delarbre

Investigador Emérito en el Sistema de Investigadoras e Investigadores. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia e Inteligencia Artificial, conversaciones con ChatGPT.

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Publicado en: Sociedad y poder

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