Desinformación

Crédito de la imagen: Patricio Betteo

La desinformación quiere decir propagar información falsa de manera intencional. Actualmente tenemos una creciente, extendida y con frecuencia disruptora desinformación porque, antes que nada, disponemos de más información.

Estamos conectados casi de manera permanente a las redes sociodigitales, podemos disponer de música, películas, libros y publicaciones de toda índole en cuanto se producen. Los medios de comunicación tradicionales, o concentrados, han dejado de ser la fuente principal de noticias para la mayoría de las personas. Hace no más de dos o tres décadas nos enterábamos de las noticias a través de noticiarios, o en el periódico que leíamos por las mañanas. Hoy, la información con la que estamos enlazados es constante. El llamado tiempo real es manía generalizada pero, también, distractor permanente. La atención se ha convertido en un lujo que no todos se pueden, ni se quieren dar.

La información que recibimos —abundante, omnipresente y de esa manera apabullante— no está jerarquizada. En los hilos de Twitter o TikTok encontramos todo tipo de contenidos: entretenimiento y noticias, textos e imágenes, afirmaciones graves y bufonadas grotescas, verdades y mentiras. Los algoritmos se nutren de manera incesante al preferir unos contenidos y otros no. De esa manera se construyen los reductos digitales en los que nos parapetamos ante el resto de los hechos y que nos aíslan de informaciones y contenidos que nos desagradan, o que desafían las concepciones que nos hemos formado acerca de la realidad.

Las redes nos conectan con personas de ideas similares a las nuestras. Eso es particularmente intenso entre quienes tienen concepciones extremas de la realidad política. Los fanáticos suelen reunirse con otros fanáticos, los terraplanistas o los partidarios de cualquier postura exacerbada (en política, lo mismo la derecha radical que la izquierda extrema) se encuentran con otros como ellos. Ese es el entorno entre el cual no siempre podemos ni intentamos distinguir las falsedades de la realidad, en el que se propaga la desinformación.

Este año, por primera vez, las personas en Estados Unidos que se informan primordialmente en las redes sociodigitales son más que las que se informan sobre todo en la televisión. Hasta ahora los medios concentrados, que cuando funcionan con parámetros profesionales organizan la información y le dan contexto, mantenían la primacía sobre los medios digitales como fuentes de noticias acerca de asuntos públicos. El Informe 2025 del Instituto Reuters, que se dio a conocer en junio pasado, contiene esa revelación que no por esperada deja de ser determinante. 54 % de las personas en Estados Unidos usa las redes digitales como fuente para conocer noticias. A la televisión, acuden 50 % (estos datos registran diversas opciones de la gente para informarse). Hace doce años, en 2013, 72 % miraba noticias en televisión y apenas 27 % se informaba en las redes. En México, las personas que consumen noticias en la televisión disminuyeron, entre 2017 y 2025, de 65 % a 39 %.

Los medios concentrados no están a salvo de errores, pero cuando son profesionales es de esperarse que los reconozcan. En las redes digitales, en cambio, los contenidos son tan abundantes que por lo general nadie fiscaliza su autenticidad. De allí la intensidad y la impunidad con las que se esparcen mentiras en línea.

Las redes digitales se alimentan con nuestros datos, pero la información que nos ofrecen puede ser definida por los intereses de quienes las manejan. En 2024, el empresario Elon Musk puso a X, como denominó a Twitter después de comprarla dos años antes, al servicio de la campaña presidencial de Donald Trump. A los usuarios que no manifestaban inclinaciones políticas específicas, esa red les mostraba más mensajes de la campaña de Trump que de la campaña de Kamala Harris (de acuerdo con una investigación de The Wall Street Journal). La campaña del hoy presidente Trump propaló numerosas mentiras acerca de la candidata del Partido Demócrata y sobre el proceso electoral mismo. Las aclaraciones no siempre llegaban a las personas que las habían visto y leído esas versiones falsas.

El 3 de octubre pasado el presidente de Francia, Emmanuel Macron, se refirió a las redes digitales en un relevante discurso: “El debate público se ha convertido en un debate de odio… Es un debate que, de alguna manera, en nombre de la libertad de expresión, justifica la violencia”. En una democracia, explicó, la “regla absoluta” es el respeto y ese valor se ha perdido entre los ciudadanos. “Hemos dejado que nuestro espacio público, informativo y democrático se transformara por completo. Y lo hicimos como si, en el fondo, eso permitiera seguir viviendo como siempre habíamos vivido en democracia”, dijo Macron.

“Hemos permitido que se instale un espacio público democrático en el que la gente está, en gran parte, encapuchada y anónima; donde la regla parece ser insultar al otro para ser popular”, continuó el presidente francés. “Hemos sido extremadamente ingenuos al confiar nuestro espacio democrático a redes sociales que están en manos de grandes empresarios estadounidenses o de grandes empresas chinas, cuyos intereses no son en absoluto la supervivencia ni el buen funcionamiento de nuestras democracias”. La solución de Macron es reglamentar los contenidos en las redes y hacer responsables a sus operadores de lo que se dice en ellas: “Si tienes un periódico, eres responsable de lo que se publica; si tienes una red social, debes ser responsable de lo que allí se difunde”.

La inquietud de Macron es legítima y pertinente. Junto con el ascenso de gobiernos y grupos populistas y autoritarios, la confusión y las mentiras en el entorno digital constituyen la mayor amenaza para las democracias en el mundo. Tiene razón cuando dice que se ha perdido el respeto entre los ciudadanos. Exagera al considerar que las personas y los gobiernos, en Europa o fuera de ella, confiaron intencionalmente en las redes digitales. En realidad, las redes se nos presentaron como una realidad atractiva pero ya construida; en ellas podemos participar o no pero nunca pudimos, ni nos planteamos, impedir su desarrollo.

La reglamentación no es un remedio a la circulación de contenidos falsos. La responsabilidad del editor de un periódico, que decide lo que se ha de publicar en ese medio, es distinta a la que tiene una empresa que maneja una red digital en donde cada usuario, sin supervisión alguna, dice lo que quiere. Se puede intentar la identificación de noticias falsas o engañosas para etiquetarlas como tales, o retirarlas, y en esa tarea las principales empresas de redes digitales se han rezagado. Para congraciarse con Donald Trump, que está en contra de la verificación profesional de contenidos en línea, Facebook, Twitter y otras redes desmantelaron los grupos de periodistas y expertos que tenían a cargo de esa tarea.

El problema central, que pasa por la circulación de odio y mentiras en las redes pero no se agota allí, es la creciente desconfianza de las personas en las instituciones que hasta ahora cumplían con la tarea de autentificar contenidos: gobiernos, universidades, medios de comunicación. Además de la desinformación, y ligada a ella, hoy padecemos un creciente rechazo a las noticias acerca de asuntos públicos. La polarización política, el descrédito de los medios convencionales, el desconcierto que suscita el caudal de contenidos que recibimos, así como el retraimiento de los ciudadanos respecto de los temas de interés público, propician un intencional rechazo a las noticias. Los líderes populistas, cuando descalifican e incluso persiguen a medios y periodistas que no informan como ellos quieren, acentúan la desconfianza hacia el periodismo.

El desinterés por la información periodística, de acuerdo con el ya mencionado Informe Reuters, afecta en Japón a únicamente 11 % de las personas, en Suecia es 26 %, en Finlandia 27 %, en Italia 33 %, en Francia 36 %. Entre los países con más ciudadanos que eluden las noticias se encuentran Estados Unidos con 42 %, Colombia y México con 44 %, Brasil 46 %, Reino Unido 46 %, India 50 %, Turquía 61 %, Bulgaria 63 %.

En México, de cada 10 ciudadanos, cuatro y medio son reacios a enterarse de las noticias. Ese desapego forma parte, y a su vez es una de las causas, de una cultura política limitada y escasamente comprometida con la democracia.

Una de las vías esenciales para evitar la erosión de la democracia debido a la propagación de mentiras es el fortalecimiento del periodismo profesional (que, entre otros atributos, tiene que ser independiente y crítico). En contra de ese periodismo se encuentran los gobiernos que desacreditan a los medios que no pueden controlar, la desconfianza de los ciudadanos y la abrumadora circulación de informaciones falsas que ahora resultan más verosímiles gracias al empleo de inteligencia artificial.

Raúl Trejo Delarbre

Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.

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Publicado en: Sociedad y poder

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