Espacio público sin esfera pública

A Habermas, debido a las exigencias que le planteó a la democracia, a menudo se le ha tachado como ingenuo e idealista. En los últimos años se han repetido objeciones similares: su teoría de la democracia es ilusoria, confía demasiado en la racionalidad, la tesis de los ciudadanos que deliberan es quimérica. Habermas les pedía a los ciudadanos una capacidad de diálogo que no existe, dicen esos críticos. Tales cuestionamientos soslayan que el filósofo alemán, recientemente fallecido a los 96 años, no hacía un diagnóstico de la democracia existente sino una reflexión sobre las prácticas de convivencia y representación que necesitamos. No pocas de las reconvenciones a ese modelo, que les he escuchado y leído sobre todo a científicos sociales y analistas políticos jóvenes, se sustentan en la resignación frente al deterioro del debate público.

Habermas delineó una idea de la democracia que va más allá de las elecciones y de los mecanismos formales que articulan el quehacer político. Según él, la democracia requiere del intercambio racional entre los ciudadanos con espacios y normas que lo hagan posible. No se refirió a toda democracia sino a la que llamó democracia deliberativa. A partir de ella se puede esperar que los ciudadanos acepten de manera racional las decisiones del poder. 

 

Ilustración: Alberto Caudillo

La democracia deliberativa es un modelo deseable, normativo, que permite evaluar los sistemas políticos, no es un retrato de la realidad. Habermas no describe cómo funcionan las democracias, sino cómo tendrían que justificarse las decisiones para ser legítimas. La legitimidad, que no es un reconocimiento súbito sino un proceso, no se agota en los votos ni en las encuestas: abreva en la discusión informada, la participación de los ciudadanos y, de esa manera, en cómo se conforma la opinión pública. De allí la inquietud de ese autor por la comunicación. En un entorno social repleto de intereses y expresiones de toda índole, el entendimiento y los acuerdos tienen que sustentarse en razones, en la razón comunicativa.

Democracia es la posibilidad de que los asuntos públicos sean discutidos a partir de información suficiente, auténtica, verificable y accesible. Y es deliberativa cuando la voluntad colectiva se conforma a partir de argumentos. Se trata de que no haya decisiones impuestas por el poder, ni por motivos de Estado, ni de intereses corporativos. Una decisión es legítima si surge de procesos abiertos, que incluyan a los afectados y con mecanismos para discutir, evaluar y revisar argumentos.

Esa es, presentada con excesiva simplificación, la propuesta de Habermas que rechazan quienes consideran que los ciudadanos no se interesan lo suficiente en los asuntos públicos. Seguramente así ocurre, pero en vez de allanarnos a esa carencia podríamos preocuparnos por sus causas. La banalidad predominante en los medios y las desigualdades profesionales entre ellos, la especialización de la política, los discursos populistas y la desinformación, son algunas causas de ese desinterés. A veces, lo que hay es una simple aunque costosa complacencia con la política realmente existente.

Habermas reivindicó a la esfera pública como el espacio en donde los ciudadanos intercambian ideas. Uno de sus ejemplos más conocidos es el de las tertulias en torno a mesas de café en varias ciudades europeas del siglo XVIII, con personas que discutían en libertad. La esfera pública existe cuando hay un intercambio en donde se presentan y justifican razones; es decir, intercomunicación a partir de ellas. Hay deliberación (o tendría que haberla) si existen y se discuten argumentos: en aulas, parlamentos, medios, partidos, organizaciones sociales y desde luego tertulias de amigos. 

La esfera pública es erosionada por los mensajes imperativos o superficiales del poder político, o que proliferan en los medios de comunicación de masas, entre otras fuentes de disrupción. Las expresiones a veces equívocas con las que Habermas se refirió a ese concepto y las variaciones en distintas traducciones de su obra, han suscitado una frecuente confusión sobre los alcances de la “esfera pública”. 

En esa esfera se conforma la opinión pública mediante el debate de los ciudadanos. Pero no todo lo que se dice en la sociedad es parte de dicha esfera pública. Un ámbito más extenso, que involucra al conjunto de las zonas en donde se expresan y circulan mensajes, es el espacio público. Habermas no lo formuló de manera explícita, pero resulta útil distinguir entre ambos para ubicar los contenidos (discursos, documentos, noticias, videos, mensajes de toda índole) que proliferan a cada momento. Todos esos contenidos y su propagación constituyen el espacio público. Cuando en esos contenidos hay ideas que son discutidas de manera racional, estamos en presencia de la esfera pública.

El espacio público incluye todos los territorios de la sociedad en donde circula información, propaganda, espectáculo, etcétera. El espacio público es abierto, accesible, omnipresente, común a los ciudadanos pero los mensajes que transitan en él de manera excepcional son racionales. La diferencia entre ambos conceptos en esa lectura del pensamiento de Habermas ha sido señalada por autores como Zizi Papacharissi, profesora de la Universidad de Illinois, en Chicago. Distinguir entre espacio y esfera públicos permite, por ejemplo, ubicar a Internet como parte del espacio público y subrayar el contraste entre la índole democrática de la deliberación y las derivas autoritarias que con tanta frecuencia acompañan al populismo.

Así que en la esfera pública hay procesos de comunicación en los que se conforman opiniones. El espacio público es más diverso y su sola existencia no garantiza que haya deliberación. En otras palabras, toda esfera pública es parte del espacio público. Pero no todo el espacio público es esfera pública.

El espacio público se encuentra en un ecosistema comunicacional con medios tradicionales, redes digitales e infinidad de emisores de mensajes. En ese amplísimo espacio la esfera pública se ha ensanchado, hay más gente que se expresa, ocurren intercambios de opiniones con flujos horizontales y grupos antes desplazados de los ámbitos en donde se conforma la opinión pública dicen sus versiones y discuten las de otros, circulan torrentes de información y opinión. Pero, como sabemos y padecemos, mucha de esa información es mentira, abunda la construcción intencional de falsedades y tenemos una sociedad confundida. 

Los asuntos públicos se discuten mucho, pero mal. La polarización desplaza a la deliberación. El espacio público se fragmenta y la esfera pública es reemplazada por microesferas en las que nos encerramos para retroalimentarnos con opiniones que refuerzan las nuestras. La información circula con tanta velocidad y los medios digitales imponen de tal manera su inherente aceleración que casi no hay condiciones ni espacio para la deliberación. Las versiones parciales, la segmentación a partir de los algoritmos y la manipulación de las emociones obstruyen la realización de la esfera pública. Ganar visibilidad, es más relevante que presentar datos y argumentos.

Jürgen Habermas explicó de maneras a menudo complejas, que la democracia es ideas, deliberación, información y libertad para expresarlas. Con principios como esos delineó una teoría crítica de la democracia, no una idealización candorosa. El pensamiento de Habermas contribuye a trascender la democracia de baja intensidad que tanto pretenden los autócratas y sus panegiristas, en donde el compromiso de los ciudadanos en los asuntos públicos es desplazado e inhibido con propaganda y retórica oficiales.

 

Raúl Trejo Delarbre

Investigador Emérito en el Sistema de Investigadoras e Investigadores. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia e Inteligencia Artificial, conversaciones con ChatGPT.

 

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Sociedad y poder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *