Juan Gabriel, la sustancia del ídolo

Un ídolo popular es personalidad irrepetible, afanados méritos propios, biografía ejemplar y, también, construcción mediática intensa, consagración como estereotipo, vehemente y emocionada admiración colectiva. No hay culto popular sin un personaje fuera de serie. “Un ídolo es una categoría, una clase especial de producto creado, en parte, por los medios masivos de difusión. Para que un ídolo nazca, se necesita de la participación activa de un público creyente. El ídolo es un fenómeno al que se rinde culto, un objeto intangible al que se adora como imagen, representación o símbolo”. Es la definición de Yolanda Moreno Rivas en su Historia de la música popular mexicana. El ídolo concentra admiraciones, pero también aspiraciones. Trasciende, sin perderlo nunca, su origen popular.

La serie Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero (Netflix, 2025), muestra al ídolo en su plenitud y genialidad a partir de un extraordinario acervo documental. La directora María José Cuevas y la productora Laura Woldenberg organizan videos, películas caseras, audios y otros materiales del vasto archivo que reunió el propio Juan Gabriel. A esos y otros testimonios añaden declaraciones de amigos, familiares, colaboradores y conocedores de su biografía, siempre como voz en off para que el centro no deje de ser el famoso cantautor.

A partir de la muy conocida historia del niño y luego muchacho pobre, abrumado de penurias y que se sobrepuso al entorno violento en donde creció, la serie muestra el desarrollo profesional de Juan Gabriel (exigentes giras, fatigosos ensayos, la chispa creativa). También momentos personales de los que se sabía poco: la presencia de María de la Paz Alcaraz, la representante que lo acompañó por décadas; cantantes, actrices y otros amigos cercanos; la vida en familia con sus hijos. Burlón a menudo, con un amaneramiento que se intensifica conforme pasan los años, Juan Gabriel exhibe una personalidad que se ufana en la transgresión.

“Lo que se ve no se pregunta”, repetía cuando le preguntaban sobre su homosexualidad. En la serie de Netflix la preferencia sexual de Juan Gabriel se muestra como una circunstancia natural, sin estrépito alguno, a diferencia de otros relatos sobre la vida de ese personaje. “El ídolo —escribió Luis Miguel Aguilar— tiene un umbral mayor de permisividad en la moral pública. Tiene derecho a más amores, a un mayor desarreglo sentimental sin condena o escándalo (aunque, al parecer, el ídolo sea escandaloso): el ídolo es enamorado y a fin de cuentas la gente no sólo lo entiende, sino que así lo desea. También tiene derecho a ciertas excentricidades o caprichos, sin dejar de ser pueblo… El ídolo sabe que todo lo que el éxito otorga es pasajero; no así el cariño de la gente. El ídolo no ‘calcula’, se da, se entrega” (“Los ídolos a nado” en Mitos mexicanos, coordinado por Enrique Florescano, Aguilar, 1995).

Las numerosas casas que tenía, el avión particular, incluso los cuantiosos adeudos fiscales, no asombraron a los seguidores de Juan Gabriel. Son detalles que confirman las posibilidades del ídolo, incluso en la omisión legal. “El ídolo nunca olvida de dónde vino. Pueblo es y al pueblo se debe”, dice Luis Miguel Aguilar. Los centenares de canciones que escribió (hay quien habla de 1500 composiciones) dan cuenta del sostenido esfuerzo de quien no se conforma con los laureles iniciales, pero también de la desmesura.

Lo mismo ocurre con los conciertos de cuatro y hasta cinco horas (“si ustedes no se han cansado, entonces yo tampoco”), el acompañamiento de docenas de músicos, los recintos desbordados, la vestimenta provocadoramente relumbrosa: esas lentejuelas que irritaron a Nicolás Alvarado (“no por jotas sino por nacas”) en una expresión que a la muerte del divo, en agosto de 2016, desató la intolerancia de los fundamentalistas de la veneración acrítica.

Hiciera lo que hiciere, Juan Gabriel tenía en la bolsa a sus adeptos. La serie menciona su apoyo al PRI cuando la campaña presidencial de Carlos Salinas de Gortari. Se dice que “en agradecimiento”, y también debido a que su música le gustaba a la esposa del presidente, le abrieron las puertas del Palacio de Bellas Artes. Quizá su fama habría bastado para ofrecer conciertos en ese recinto. En 2000, Juan Gabriel apoyó a Francisco Labastida (“Ni Temo ni Chente, Francisco va a ser presidente”). En alguna ocasión propuso que México se integrara a Estados Unidos. En varias, se comportó como soldado de Televisa y se disciplinó a los compromisos y normas de esa empresa, aunque en la serie se muestra su rechazo al control que ese consorcio mediático tenía sobre los artistas que contrataba. Todos querían aprovechar la cercanía o influencia de Juan Gabriel. El ídolo, explica Aguilar: “Aconseja sobre la vida y el buen camino. El ídolo es ejemplar”.

El ídolo es pontificador pero, sobre todo, tiene una actitud que se pretende modélica, por muchas caídas que tenga en el viacrucis que, según el cliché, siempre es la vida de los elegidos. La biografía de Juan Gabriel es un constante panegírico de la cultura del esfuerzo. No lo doblegaron el desapego materno, el internado escolar, las agresivas calles en Juárez, la prisión de Lecumberri, la soledad inexorable, ni la murmuración mediática. El ídolo no se rinde y, si lo hace, es para tomar aliento. De allí la identificación que crea con multitudes ávidas de referencias arquetípicas.

La serie de Laura Woldenberg y María José Cuevas, acompañadas de un sólido equipo, da por conocida la historia épica y trágica del divo. En vez de refocilarse en ella, aprovecha con creatividad el magnífico material documental de Juan Gabriel. Quizá esa fidelidad a los testimonios, y no necesariamente al mito, decepcione a quienes esperen hallar en esta serie un relato más con las mismas anécdotas que han nutrido películas, libros, pasquines y toda una industria de la exaltación hagiográfica de Juan Gabriel.

Carlos Monsiváis escribió en un célebre texto sobre Juan Gabriel (en Escenas de pudor y liviandad): “Un ídolo es un convenio multigeneracional, la respuesta emocional a la falta de preguntas sentimentales, una versión difícilmente perfeccionable de la alegría, el espíritu romántico, la suave o agresiva ruptura de la norma. Sin estos requisitos se puede ser el tema de una publicidad convincente, el talento al servicio de las necesidades de un sector, una ofuscación de la vista o del oído, pero jamás un ídolo”.

De ese apego transgeneracional dio cuenta aquí en nexos, apenas el año pasado, Julio González: “Juan Gabriel fue y es mi educación sentimental. Lo cantaba mi abuelo, que fue mariachi, y lo cantaba mi mamá en el auto, en las fiestas, en sus llantos. Yo, que no canto, lo tarareo cuando estoy enamorado, y lo he berreado con el corazón roto”. Habrá que ver si los cuatro capítulos de la serie en Netflix extienden, o refuerzan, el culto a Juan Gabriel entre los más jóvenes, que lo han conocido poco.

“El ídolo prefiere ser querido a ser admirado. Para eso, se encuentra siempre disponible. El ídolo es un gesto, una actitud, una prueba constante para su don de gentes” señala, de nuevo, Luis Miguel Aguilar. Así lo vemos en la serie, tanto en momentos de esplendor como en situaciones ásperas: canta para multitudes, jamás pierde la sonrisa cuando firma autógrafos, se contonea consciente de que la cámara lo sigue, declara ante el ministerio público. Además, presenciamos los recorridos por sus variadas residencias, las animadas y modestas reuniones familiares, cuando juega con sus hijos o se deja pintar el cabello. Podría decirse que tales escenas muestran al artista libre de reflectores, espontáneo y franco. Pero, aunque no sean fingidos, esos momentos ocurren delante de una cámara (en ocasiones manejada por él mismo) que, al registrar tanto su vida pública como los espacios personales, hace de todos ellos parte del espectáculo.

Son inapreciables –porque había una cámara– la conversación telefónica con María Félix, el ensayo al piano con Rocío Dúrcal, las escenas de esa misma intérprete nadando en casa de Juan Gabriel, la fiesta de cumpleaños que él se organizó en el Baby’O de Acapulco a donde llevó, para que le cantara, a la sensacional Etta James. Hay un extraño diálogo de Juan Gabriel consigo mismo (“Te admiro, me caes bien”. “Tú también”) en donde se cuestiona y disculpa a sí mismo.

Juan Gabriel en público y privado: se le conoce por sus canciones apasionadas, se le reconoce en la biografía dramática. La sustancia del ídolo son las emociones compartidas por muchedumbres. El ídolo suscita pasiones y retroalimenta en ellas la vasta fama pública; el fervor en torno suyo amplifica sentimientos socialmente estructurados. Las videograbaciones de Juan Gabriel son espejos en donde el ídolo se mira, y las conserva para que lo sigamos admirando. “Cuando uno se va lo que se queda es lo que vio”, dice. Así, registra la escurridiza cotidianeidad y el paso de los años. Cuando hace un inventario de sus canas, arrugas y ojeras, sentencia “el tiempo es cruel”. En el caso de los ídolos, el tiempo refuerza al mito.

Raúl Trejo Delarbre
Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.

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Publicado en: Sociedad y poder

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