La marcha de la indignación

Unos cuantos mensajes, masivamente reenviados en las redes, bastaron para congregar a centenares de miles de personas en al menos 40 ciudades del país. La llamada Generación Z es la fachada visible de un movimiento que apareció a tiempo para catalizar el descontento que crece en toda la sociedad. El asesinato de Carlos Manzo, el alcalde de Uruapan, fue la causa inmediata de las movilizaciones del sábado 15 de noviembre. Junto con ella, hay una amplia desazón por la mezcla de inseguridad e impunidad que nos agobia a todos y que exaspera a cada vez más ciudadanos.

El 15N se expresó un movimiento amplio, genuino y desarticulado, pero con un propósito central: expresar su indignación. Lentamente acumulada desde hace meses, en ocasiones por episodios de violencia (amenazas, abusos, crímenes), otras veces a causa de la grosera acumulación de poder que el gobierno ha perpetrado violentando normas y abatiendo a la democracia, esa indignación se desbordó con el crimen en Uruapan. La presidenta Claudia Sheinbaum, exhibiendo un comportamiento absurdamente autoritario, intentó desacreditar la movilización y con ello sólo incrementó la espontánea indignación nacional.

La presentación de fotografías y datos personales de los muchachos que se hicieron eco del llamado a las manifestaciones, hizo de las conferencias en Palacio Nacional foros para perseguir, y no para explicar y mucho menos gobernar. Con la simpleza zafia que suelen tener los gobernantes autoritarios, la presidenta y sus empleados quisieron mostrar la convocatoria a las movilizaciones como resultado de una manipulación tan ominosa que, según ellos, tenía promotores en el extranjero.

La presidenta no podía admitir que entre los jóvenes mexicanos late un descontento profundo. ¿Cómo van a inconformarse si vivimos en el país de las maravillas? Empeñada en negar la realidad, acudió a expedientes diazordacistas: los jóvenes inconformes son unos cuantos, la propaganda viene de otros países, en este México vivimos en fraternal normalidad. Pero no estamos en 1968. A pesar de que el oficialismo exterminó los contrapesos dentro del Estado, tenemos una sociedad que defiende su derecho a expresarse, sobre todo su indignación.

Primero su antecesor y ahora ella –aunque con menos imaginación– se han referido a “la derecha” en tantas y tan variadas ocasiones que le han quitado sentido a ese término. Ahora resultan de derecha los jóvenes enfadados, según la maleable tipología de la doctora Sheinbaum. Cuando quiso exhibir y de paso atemorizar a los muchachos que promovían las marchas del 15N, la presidenta se exhibió a sí misma. En contra de la tradición política en la que dice haberse formado y que incluyó a figuras relevantes del 68 estudiantil, y en contra de su propia experiencia de movilizaciones universitarias, Sheinbaum combate a los jóvenes que discrepan con su gobierno: primero quiso confundir acerca de la organización de ese movimiento, luego amuralló el Zócalo, más tarde los manifestantes fueron atemorizados, y en no pocos casos lastimados, por la actuación simultánea de provocadores profesionales y policías desaforados. ¿Puede esperarse una reacción distinta al incremento de la indignación?

Cerrar el Zócalo fue una expresión de prepotencia del gobierno, pero también una monumental irresponsabilidad. Esta plaza es nuestra, fue el mensaje del oficialismo: aquí se manifiestan sin dificultad nuestros fieles; quienes no lo son deben pasar trabajos y correr riesgos. Tal es la actitud de quienes, dueños del poder político, se consideran propietarios del espacio público. Al dejar una sola entrada a la Plaza de la Constitución, por Cinco de mayo, se limitaba también la salida de ese sitio.

Antes del Zócalo, la marcha transitó sin problemas. Ricardo Becerra relata: “En el mero frente los más jóvenes, muchos jóvenes alrededor de los veinte años, portadores de inequívoca cultura, indumentaria y símbolos ‘One Piece’, aquella manga japonesa que ha impactado en esa generación a escala planetaria. Su consigna central era ‘No a la violencia’, enfáticamente, ‘No a la violencia’”. Y así fue, según el mismo cronista: “durante toda la caminata en la avenida Reforma, aquellos contingentes no provocaron incidente, a ningún edificio, establecimiento o monumento alguno”.

Ariel González trajo su testimonio: “Tras las banderas negras de One Piece, los sombreros y banderas de México, la imagen de los marchistas adquirió un perfil muy distinto al de las manifestaciones opositoras de otros años. La ‘gráfica del pueblo, como decía una vieja canción de Alfredo Zitarrosa –porque este también es el pueblo, aunque esa condición le sea regateada por el partido en el poder–, mostró una renovada pluralidad: marcharon integrantes de todos los sectores sociales unidos por una causa común. Y se marchó en paz, con la determinación de quienes defienden un México sin violencia”.

En el Zócalo, en cambio, había “un operativo que no buscaba proteger monumentos ni facilitar la llegada de la ciudadanía, sino inhibir la concentración masiva”, según explica Alberto Capella, especialista bajacaliforniano en asuntos de seguridad pública. Las vallas metálicas en torno a Palacio Nacional y cerrando calles de acceso a la plaza eran parte de ese dispositivo. Aquellos manifestantes que pudieron entrar al Zócalo se encontraron con los granaderos en pleno zafarrancho con un grupo de provocadores, muchos de ellos vestidos de negro. “Fue una emboscada”, han señalado testimonios respaldados en escenas del Zócalo. El gobierno de la Ciudad de México identificó a los violentos como integrantes del “bloque negro”.

El llamado Bloque Negro es un grupo de provocadores que acude a realizar actos violentos en manifestaciones pacíficas. El 15N los policías que resguardaban Palacio Nacional soportaron durante largo rato las agresiones de ese grupo. Algunos de los manifestantes aplaudieron a los violentos y luego colaboraron con ellos para derribar vallas frente a Palacio Nacional. Poco después, cuando fueron autorizados para responder, los policías se ensañaron con la multitud y arremetieron contra ciudadanos pacíficos.

Las escenas de manifestantes golpeados con inusual encono son indignantes. Hay abundantes registros gráficos de personas que se manifestaban pacíficamente, entre ellos incluso niños, y a quienes se les arrojaron gases lacrimógenos. Otros fueron golpeados cuando estaban en el piso o después de haber sido detenidos. No hubo empleo legítimo de la fuerza sino brutalidad policiaca. Se trató, como señaló el especialista en seguridad pública Ernesto López Portillo, de una horda uniformada.

Los granaderos golpearon a personas inocentes y aprehendieron a varias docenas. Un día más tarde había al menos una veintena de detenidos. El lunes 17 varios fueron trasladados al Reclusorio Norte y al penal en Santa Martha Acatitla. El periodista Ignacio Gómez Villaseñor ha informado sobre estas detenciones, pero la mayoría de medios las ignoró. De uno de los detenidos, Ignacio Josafat Carreón, se ha dicho que fue aprehendido y golpeado por proteger a una niña para que los granaderos no la lastimaran. Iracunda y cruel con los manifestantes, la fuerza policiaca dejó actuar a los agresores del llamado Bloque Negro.

El Bloque Negro cumple con funciones de provocación. A ciudadanos que quieren manifestarse en paz, la sola presencia de ese grupo los disuade por temor a quedar envueltos en situaciones de violencia. A los cuerpos policiacos, los ataca desencadenando respuestas también violentas. Después de tanto tiempo agrediendo manifestaciones, es imposible que los instigadores del Bloque Negro no estén identificados por las autoridades del gobierno federal y del gobierno de la Ciudad de México. Si los dejan actuar, es como instrumento para debilitar las movilizaciones ciudadanas.

En los días previos a la manifestación del 15N en la Ciudad de México, hubo voceros oficiales, u oficiosos, que para desalentar la asistencia a ese evento dijeron que podría haber violencia. Y la hubo, porque el Bloque Negro atacó a los policías que resguardaban la muralla de acero levantada frente a Palacio Nacional. El Bloque Negro agrede fundamental, o quizá exclusivamente, en movilizaciones independientes. ¿Cuántas veces ha actuado en manifestaciones de Morena, o del gobierno actual?

La utilización de ese grupo de provocadores para socavar movilizaciones de oposición y justificar el empleo de la violencia fue confirmada por la embustera acusación de César Cravioto, secretario de Gobierno de la Ciudad de México, después de la manifestación: “El problema es cuando quien convoca a la marcha, convoca a agredir, generar caos, a afectar el bien público y el bien privado”. A diferencia de lo que dice ese funcionario, la convocatoria y la realización de la marcha fueron pacíficas. Sin embargo, tomando como pretexto los atropellos del Bloque Negro, Cravioto y otros funcionarios culpan de la violencia a los ciudadanos que llamaron a la manifestación y participaron en ella.

Igual que el ladrón que clama contra el ladrón, el gobierno y su propaganda intentan crear versiones falsas. Al alcalde de Uruapan que mantuvo posiciones de izquierda y que exigía legalidad, lo quisieron descalificar diciendo que era “de ultraderecha”. A los muchachos que llamaron a las movilizaciones nacionales contra la inseguridad y la corrupción, los calumnian diciendo que son manipulados. A los ciudadanos que se manifestaron pacíficamente los difaman diciendo, sin prueba alguna, que actuaron de manera violenta. Todo eso acicatea la indignación.

Las manifestaciones del 15-N fueron en esencia contra el gobierno, y en ellas se dijeron expresiones muy ásperas sobre la presidenta. La doctora Sheinbaum cosecha allí la inquina que ha diseminado contra quienes no están de acuerdo con ella y su gobierno. Entre lo mucho que se dijo en las marchas hay, sin embargo, una acusación que no tiene asideros suficientes. Decir narcopresidenta es un infundio. Las políticas de seguridad pública del gobierno son deficientes y, en el sexenio anterior, llegaron a ser complacientes con el crimen organizado. En la persecución de los delincuentes se mantienen costosas impericias y negligencias, así como una frecuente impunidad. Pero no hay evidencias, ni testimonios, que sustenten que la presidenta está asociada con esos criminales. Emplear ese calificativo es un recurso que vulgariza la discusión e intensifica la polarización.

Más allá de descalificaciones sin sustento, lo que expresaron millares de ciudadanos fue una gran indignación. Allí hubo muchos más jóvenes que en cualquier movilización independiente de los años recientes. El reclamo de quienes desde el oficialismo subrayan que no todos los asistentes fueron jóvenes resulta bobo y simplista, como si la edad pudiera ser requisito para participar en movilizaciones sociales. Quienes, por centenares de miles y en docenas de ciudades del país se manifestaron el 15N, son mexicanos que quieren ser escuchados. Su clamor es muy claro: alto a la inseguridad, al miedo, a la corrupción.

Es un reto para el gobierno. La presidenta responde con nuevas descalificaciones, que confirman que gobierna sólo para sus fieles y que en cada expresión ciudadana encuentra nuevos pretextos para redoblar la polarización; es decir, para escindir al país. Un gobierno democrático, y una presidenta con afán de estadista, recogerían ese reclamo y dialogarían con los descontentos para buscar soluciones concertadas.

Los promotores del movimiento llamado Generación Z han dicho que no los orienta ningún partido, pero no están en contra de la organización política: “Ningún partido, gobierno ni poder está por encima de la voluntad de la gente”. Para que ese movimiento tenga perspectivas, más allá de la exitosa convocatoria que logró el 15N, necesita demandas precisas, una clara política de alianzas y medir con prudencia sus propias fuerzas.

La nueva convocatoria para una nueva jornada nacional de marchas resulta demasiado cercana a la anterior y corre el riesgo de convertirse en un tropiezo. No es poca la indignación ciudadana, pero tampoco es escaso el poder autoritario que enfrentan. El 15N se expresó, con una crudeza insoslayable, la sevicia que puede dominar al gobierno de Sheinbaum en su persecución a quienes la cuestionan. También se comprobó, como apuntó la psicoanalista Ingela Camba, que la indignación devuelve la dignidad.

Raúl Trejo Delarbre

Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.

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Publicado en: Sociedad y poder

4 comentarios en “La marcha de la indignación

  1. No leí tu artículo porque me da desconfianza tu afirmación señalando a un partido. Los provocadores encapuchados participan en todas las marchas y ha habido evidencia, al menos en algunos casos, de que son entrenados por gente asociada al PRI. Y MORENA, infestada de priístas, por supuesto que puede tener mucha podredumbre interna. Pero señalar solo a un partido como “el malo” suena más a propaganda que a un análisis imparcial.

  2. Yo al contrario de Alex Sierra si leí tu articulo pero me parece algo tendencioso. Y la clara alusión a Carlos Menso me parece aun mas. Te quejas de que el gobierno esta polarizando con su dichos el país pero tu no lo haces ¿Verdad? haciendo principal hincapié en que fueron inclusive niños a la marcha y que se volcó el poder del estado en inocentes, en manifestantes pacíficos y no se en que mas sarta de calificativos para despertar el sentimentalismo en el que te lee, debería de darte vergüenza promover la sensiblería barata para polarizar a un país ya de por si sumido en una indignación provocada por gente como tu que ve vulnerados sus prebendas.

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