La presidenta Sheinbaum considera que “sólo lo que se nombra existe”. Eso dijo en su primer discurso como titular del Ejecutivo Federal, después de exhortar: “Nombremos presidenta con ‘A’ al final, al igual que abogada, científica, soldada, bombera, doctora, maestra, ingeniera con ‘A’ ”.

La idea de que para que algo exista es preciso nombrarlo, ha sido reiterada para promover el lenguaje inclusivo. En centenares de textos se le atribuye al pensador George Steiner la expresión sobre la existencia de lo nombrado. El escritor Alex Grijelmo asegura que ha recorrido la obra de Steiner sin encontrar esa frase. Más allá de su autoría, la multicitada frase es equívoca y, en lugar de develarla, puede contribuir a esconder o disimular la realidad. Grijelmo dice en su libro Propuesta de acuerdo sobre lenguaje inclusivo (Taurus, 2019): “No sólo lo que no se nombra sí existe, sino que además se percibe a través de los mecanismos de comprensión del propio lenguaje”. Es significativo lo que decimos, pero también lo que dejamos de decir.
Para que las cosas existan, no hace falta que las nombremos. Pretender que solamente existe lo que se verbaliza, puede ser una actitud engreída pero además ignorante. La existencia de algo (una cosa, un hecho, lo que sea) no depende de nuestra capacidad, o nuestra decisión, para denominarlo. Sostener que únicamente lo que se nombra existe, implica que sólo aquello que reconocemos es auténtico: que nuestra aceptación es necesaria para que algo sea válido, legítimo o, simplemente, existente. Considerar que sólo lo que se nombra existe, es una creencia anticientífica. La ciencia identifica y clasifica hechos y propone explicaciones para ellos, pero nunca supone que si no los ha reconocido no han sido parte de la realidad.
Por supuesto, la presidenta y los grupos feministas que reivindican la necesidad de nombrar a las mujeres como una vía para reconocerlas y, entonces, defender sus derechos, se refieren a la existencia pública de aquello que, al ser nombrado, alcanza mayor relevancia. Por eso hay quienes consideran que decir enfermera, maestra o presidenta es una forma de afianzar la presencia pública de las mujeres. No está mal que, quienes así lo quieran, enfaticen el género de las personas que desempeñan tales ocupaciones. Solamente hay que recordar que el reconocimiento de las mujeres y de sus derechos no se agota (en realidad apenas comienza) con el empleo de lenguaje de género.
Más allá de las implicaciones de género, la idea de que solamente existe aquello que se nombra puede estar vinculada con actitudes excluyentes y de negación de la realidad. Si alguien sostiene que sólo existe lo que se nombra entonces, con esa lógica, tendrá que considerar que aquello que no se nombra, no existe. Tratar de ignorar algo que no nos gusta es una reacción pueril, pero también es un intento para esquivar la realidad. Dejar de saludar a quienes nos caen mal, cerrar los ojos cuando pasamos junto a un sitio que nos desagrada, o cambiar de canal si el televisor muestra imágenes que nos disgustan, son actitudes cotidianas originadas en la suposición de que, desentendiéndonos de ellas, tales expresiones de la realidad no nos afectan. Ese comportamiento nos aparta de hechos incómodos en la vida diaria y, por lo general, su única consecuencia la padecemos nosotros mismos. Pero cuando quienes, para eludirla, se niegan a nombrar la realidad y son personas en posiciones de poder, estamos ante una actitud políticamente sectaria.
El populismo intenta sacralizar la figura de un caudillo, al que presenta como encarnación del pueblo. Al líder populista se le construye y mantiene con imágenes y palabras. Sus dichos, pero también sus silencios, son tomados de manera inapelable. El discurso populista, que escinde a la sociedad en partidarios y adversarios, es antes que nada excluyente. El líder populista pretende que sus dichos son realidad tan sólo porque es él —depositario de la voluntad del pueblo— quien los formula. Para él y sus seguidores lo que se dice, es. Por eso el populismo desprecia los datos duros, escatima la información, rehúye el debate público y propala informaciones falsas.
La siempre perspicaz escritora argentina Beatriz Sarlo señaló hace más de una década la propensión de Cristina Kirchner, entonces presidenta de Argentina, a considerar que las palabras construyen la realidad: “La Presidenta tiene dos estrategias discursivas: el silencio y el monopolio… Los acontecimientos que se consideran desfavorables y sobre los que no se tiene preparada una argumentación merecen el silencio. Cristina Kirchner atribuye al lenguaje el poder de producir los acontecimientos. Lo que se nombra, automáticamente, pasa a existir: abracadabra. La palabra ‘inflación’ hace subir los precios. A la inversa, lo que no se nombra no existe. El lenguaje produce la realidad, que puede ser narrada, descripta, aludida, metaforizada. Es decir que no se trata sólo de ‘relato’, como se insiste habitualmente. Hay algo anterior a cualquier relato, una fuerza que funda o destituye la realidad”. Considerar que únicamente existe aquello que se nombra tiene algo de creencia mágica, pero también de exigencia autoritaria.
Igual que Grijelmo, he buscado en vano en textos de Steiner la frase acerca de la inexistencia de lo que no se nombra. Lo que hallé, a partir de referencias en línea, es esta afirmación en su pequeño y a la vez gran libro Fragmentos un poco carbonizados (Siruela, 2016): “Lo que no se puede conceptualizar no se puede decir; lo que no se puede decir no puede existir”. La de Steiner es una explicación literaria. El relato literario, sea ficción o no, se expresa con palabras. La palabra es vehículo para narrar y comunicar ideas, verbalizándolas. En otros términos, y a diferencia de lo que dicen la trillada frase y la presidenta Sheinbaum, para nombrar algo es preciso que exista, así sea en la imaginación de quien lo dice. Y a la vez, nombrar algo no le da existencia, aunque pueda acentuar su visibilidad.
El mismo Steiner, en ese texto, apunta que decir algo no implica que tenga significado, ni que sea claro: “Toda forma y todo código, orgánico o construido, puede comunicar información, producir emoción”, pero no necesariamente algo más. Por otra parte, junto a lo que se dice tiene importancia lo que no se dice. Los silencios y las pausas pueden tener significados: “Pensemos en los intervalos que existen en la música; en los espacios en blanco fundamentales para algunos de los poemas o pinturas más decisivos de la modernidad”.
Por eso, y ya que considera que lo nombrado, existe, en el discurso inaugural de la presidenta llamaron la atención sus omisiones. David Aponte, director de El Universal, compendió algunas de ellas en su carta para suscriptores de ese diario: “Los silencios también hablan, dicen cosas. Lo que no hizo la Presidenta fue nombrar a la oposición política… no hizo mención a la pluralidad, al diálogo entre los mexicanos, a la unidad, a acabar con la polarización, producto del primer piso de la transformación y de la contienda electoral… Con su silencio, Sheinbaum hizo a un lado a quienes no piensan y no están al lado de su movimiento político, a los que no votaron por ella, a quienes tienen mucho que aportar para el desarrollo de México.
Simplemente, no existen. No existen los intelectuales, los académicos, las madres buscadoras, las víctimas de la violencia criminal. Y ellas y ellos también forman parte de la sociedad”.
Al dejar de nombrarlos, la presidenta soslaya que tiene la responsabilidad de gobernar para todos esos ciudadanos y grupos y no solamente para sus fieles.
Raúl Trejo Delarbre
Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.