
Un reloj Hublot Big Bang de 377 000 pesos, un Cartier Ballon Blue de 288 000, un Cartier Santos XL de 188 000, un bolso Prada Galleria de 100 000, un anillo Tiffany Setting de un millón 116 000: esas son algunas de las joyas que ha exhibido en sus redes sociales la diputada Diana Karina Barreras. El ojo atento del periodista y académico Jorge García Orozco han develado características y precios de esos y muchos otros artículos, propiedad de esa diputada del Partido del Trabajo.
La legisladora es esposa del presidente de la Cámara de Diputados, Sergio Gutiérrez Luna. La relación y, luego, los lujos de ambos fueron motivo de interés público después de que una ciudadana fue sancionada de manera injusta por retuitear un mensaje sobre la designación de Barreras como candidata del PT y sugerir que se debía a su relación con Gutiérrez. El respaldo social a la joven sonorense Karla María Estrella convirtió la arbitraria sanción del Tribunal Electoral en una cotidiana denuncia de esa censura contra la libertad de expresión y, además, propició que se evidenciara la ostentación de esa pareja incrustada en el centro del poder político.
A Gutiérrez Luna se le han identificado, entre otros, un reloj Hublot de 681 000 pesos, un Corum de 185 000, unas botas Marsell de 19 000, mocasines Ferragamo de 17 000, entre otras prendas. A comienzos de agosto, García Orozco estimaba que los artículos de Barreras y Gutiérrez que había inventariado hasta entonces cuestan cerca de 5 millones de pesos. El diputado presumió una botella de champaña que la casa Cartier obsequia a quienes compran más de un millón de pesos de sus productos.
El alarde que muestran esos legisladores se dio a conocer al mismo tiempo que la estancia de Ricardo Monreal, coordinador de los diputados de Morena, en uno de los hoteles más caros de Madrid; los viajes europeos de Gerardo Fernández Noroña, presidente del Senado; la vacación portuguesa y los condominios en Reforma del secretario de Educación Pública, Mario Delgado; las sandalias Gucci de José Ramón López Beltrán o el viaje en Japón, con todo y costoso teppanyaki, de su hermano Andrés Manuel López Beltrán, secretario de Organización de Morena. A esas y otras demostraciones de bonanza económica y desparpajo político, se añade la supuesta decisión de Beatriz Gutiérrez Müller, esposa de Andrés Manuel López Obrador, para vivir con su hijo en Madrid, en la urbanización de lujo considerada como la más conocida en España.
Hay tres rasgos comunes a esos y otros desplantes de opulencia: son protagonizados por personajes que forman parte del grupo gobernante o se encuentran muy cerca de él; contradicen el discurso de austeridad y modestia que predicaba el hoy expresidente López Obrador; la divulgación de cada de uno de esos gastos y episodios ha incomodado a los políticos evidenciados, pero ninguno ha podido desmentirlos. Por otra parte, en todos o casi todos los casos señalados, los gastos erogados en viajes, joyas, ropa o inmuebles, excede de manera considerable a los ingresos conocidos, o declarados, de esos personajes.
La proclividad suntuaria en el grupo gobernante ha sido tan inconveniente para Morena que su dirigente nacional, Luisa María Alcalde, pidió a los funcionarios y dirigentes de su partido que no hagan ostentación de su dinero, aunque lo tengan. A la presidenta de Morena no le preocupa el origen de esos recursos, ni la cuantía en algunos casos superior a los ingresos de líderes y legisladores. No presuman de ellos, es lo que recomienda.
En algunos casos, como con los diputados Barreras y Gutiérrez, los lujos y privilegios que disfrutan los han difundido ellos mismos. Otros se conocen gracias a fotografías tomadas por personas que los han visto en el extranjero, o a investigaciones periodísticas. Todos esos desembolsos se han realizado y mostrado en público. La contradicción con el discurso de sobriedad que ha propagado Morena permite constatar que esos destacados miembros suyos no son tan diferentes a quienes, antes de que ese partido llegase al poder, exasperaban a los ciudadanos con gastos y lujos de escándalo. Pero además hay un notorio afán derrochador, en algunos casos acompañado por una incontenible ansia para exhibir esa prosperidad.
Es deseable que nuestros gobernantes salgan al extranjero y conozcan otras realidades. Pero el mundo al que se asoman algunos de esos viajeros es el de las tiendas de marca y los paseos ostentosos. La globalización en la que incursionan es la de Cartier y Prada. Al hacer gala de marcas como esas, se ufanan de pertenecer a la élite global que las consume y luce. El TikTok de la diputada federal Sandra Anaya es una galería del gozo turístico personificado desde el cargo público. Después de mostrar viajes recientes a París, Amsterdam, Santorini o Nueva York, la diputada morelense colocó un video en donde escala a trote un segmento de la Muralla China mientras se escucha la melodía “Viajando por el mundo” de Karol G Y Manu Chao. Tales escenas son etiquetadas con el hashtag #sueñocumplido.
El consumismo y su ostentación constituyen una forma de cultura política. La exhibición de ropa de marca, viajes por el extranjero y comidas suntuosas son expresiones de vanidad y en no pocas ocasiones de mal gusto. Pero también son manifestaciones de poder político. Para Pierre Bourdieu la ostentación de bienes costosos es una forma para señalar la adscripción a una clase social y, también, para subrayar el poder que se tiene (La distinción, 1979). Convertidos en marcadores de frontera social, los bienes materiales se utilizan para diferenciarse de otras personas. Los relojes Cartier de la diputada, o las chanclas de 17 000 pesos del hijo de López Obrador no sirven sólo para dar la hora o caminar por las calles de la Riviera Maya; además son instrumentos para señalar la singularidad de quienes los portan, que los distinguen del resto de las personas.
Entre tales dispendios y las admoniciones de templanza del morenismo, hay una ruptura moral. Por mucho que la presidenta Sheinbaum proclame que el poder debe ejercerse con humildad, está rodeada de correligionarios suyos para quienes el poder es regocijante derroche. Ella misma es beneficiaria de dicho movimiento, cuyos excesos ha consentido. A esa incongruencia ética, se añaden fundadas suspicacias acerca del origen de los recursos que hacen posibles tales gastos. Los relojes y la vestimenta de la pareja de legisladores, pero también eventos a los que asiste, superan con mucho el monto de sus salarios. En el caso de la familia del expresidente López Obrador no se sabe, simplemente, cuáles son sus ingresos financieros regulares ni de dónde provienen.
Todo ciudadano tiene derecho a gastar lo que quiera, o pueda, en relojes carísimos, calzado estrambótico o cenas opulentas, siempre y cuando sea con dinero suyo y bien habido. Algunos morenistas, cuyas erogaciones y adquisiciones han sido conocidos, las niegan. Otros se quejan por la publicación de tales informaciones. Todos siguen debiendo explicaciones públicas.
Más allá del origen de los recursos así gastados, la vocación para ufanarse de las marcas lujosas de sus prendas y joyas, así como de los sitios en donde se entretienen, coloca a esos personajes en una situación paradójica. Se dicen parte de un movimiento político que reivindica el interés de los pobres. La lucha de clases, el combate a la miseria y lemas similares, adornan la retórica morenista. Pero al lucir sus Gucci y Ferragamos, refuerzan las jerarquías sociales. Junto con su precio, un artículo como esos tiene un valor simbólico porque representa la pertenencia a una élite. Por el bien de todos, primero los lujos.
El afán para tener, y en ocasiones exhibir tal opulencia –a menudo con un gusto estridente y vulgar– pareciera indicar que los así dilapidados son recursos obtenidos con facilidad, o de manera reciente. El ya citado Bourdieu se refiere a “la escandalosa arrogancia de los nuevos ricos”. Ya la hicimos, parecen proclamar los propietarios de las sandalias multicolores y los departamentos cuyo precio rebasa su salario de varios años.
La estética de la nueva elite en el poder se sustenta en marcas del despilfarro globalizado: joyas Tiffany, vestidos Balenciaga, relojes Hublot. Esos productos, hechos para lucirse y ser reconocidos, son señas de identidad de una elite transnacional. Con esa minoría quieren identificarse los morenistas que, en casi todos los casos, son recién llegados a un poder hasta ahora desmesurado. Apenas han conquistado influencia y recursos y ya pueden pregonar: #Sueñocumplido.
Esos operadores y beneficiarios de un movimiento que creció gracias a sus proclamas de austeridad despliegan una estética respaldada en la desigualdad. En la crítica que hacen los opositores de la llamada 4T hay cierta gazmoñería, como si los gobernantes y quienes los rodean no pudieran disfrutar una cena gourmet o recorrer ciudades del mundo. Lo cuestionable es la falta de transparencia de sus ingresos y la contradicción con un discurso de sobriedad que, es claro, no tienen intención de cumplir.
Con frivolidad, esos sobresalientes personajes de Morena manifiestan la estrechez de sus referencias estéticas. Los relojes y anillos llamativos, los zapatos caros y las tiendas de marca, les resultan cool. Si se trata de vivir en otro país eligen los barrios no sólo exclusivos, sino excluyentes. En esa monetizada estética del poder recién alcanzado, la ostentación sustituye al compromiso político. La prédica moralista de López Obrador ha sido incumplida por los más cercanos a él (y por él mismo, porque el rancho de emblemático nombre no parece encontrarse, precisamente, en la pobreza). Si algo no podemos regatearle a la sedicente 4T es la profusión de metáforas. Ahora sabemos que el fraccionamiento al norte de Madrid, en donde quiere vivir su esposa, se llama La Moraleja.
Raúl Trejo Delarbre
Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.