
Cuando la realidad es incómoda, los gobernantes populistas o autoritarios la niegan. A las evidencias de esa realidad, intentan ocultarlas. Aunque los hechos que les incomodan hayan sido difundidos y documentados, el populismo autoritario y sus propagandistas construyen otras versiones. Entonces, en la sociedad se desencadenan reacciones contrapuestas entre quienes reconocen la verdad y sus hechos y aquellos que los rechazan. La polarización se intensifica. La difusión de hechos por parte de ciudadanos y medios de comunicación, cuando no están controlados por el poder político, se convierte en un desafío a los gobernantes. Estos, a su vez, descalifican a los mensajeros que son los medios y a los actores de la vida pública que desafían las versiones oficiales.
Esa confrontación entre la verdad y sus deformaciones se ha podido apreciar en el intento de la presidenta Claudia Sheinbaum y su gobierno para minimizar, desnaturalizar e incluso encubrir el terrible escenario criminal que los familiares buscadores encontraron en el Rancho Izaguirre en Teuchitlán, Jalisco.
Cuando se conoció el hallazgo de hornos crematorios y centenares de prendas de ropa abandonadas allí, la presidenta y su gobierno armaron una argumentación con dos vertientes. Por una parte, se empeñaron en negar que el rancho era un campo de exterminio y sostuvieron que se trataba de un campo de entrenamiento del narcotráfico. Actuaron como si cambiar el nombre modificara la realidad e hicieron, de ese intento, una decisión de Estado. Al mismo tiempo, culparon a las autoridades de Jalisco por el descuido en la investigación en ese sitio.
En septiembre de 2024, la Guardia Nacional detuvo a diez personas y rescató a dos secuestrados en el rancho de Teuchitlán. Al menos desde entonces, el gobierno federal tenía información sobre el confinamiento y la presumible desaparición, allí, de centenares de personas. Aunque, según se dijo, el rancho era custodiado por la Fiscalía de Justicia de Jalisco, la Guardia Nacional lo tenía claramente ubicado. En enero y febrero pasados, según ha informado la periodista Marcela Turati, integrantes del grupo Madres Buscadoras de Jalisco entraron al rancho protegidas por elementos de la Guardia Nacional. No pudieron hacer excavaciones y, al parecer, se habían comprometido a no difundir sus hallazgos.
El horror del Rancho Izaguirre se hizo público el pasado miércoles 5 de marzo cuando, también con acompañamiento de la Guardia Nacional, cuarenta integrantes de Guerreros Buscadores de Jalisco entraron a ese predio. Allí, como fue ampliamente difundido, encontraron tres hornos con restos óseos calcinados.
Ese día, a partir de las 3 de la tarde, integrantes de Guerreros Buscadores realizaron un par de transmisiones en vivo, en su muro de Facebook, para mostrar su recorrido por el rancho. Conducida por una colaboradora de ese grupo la primera transmisión, de once minutos, muestra los hallazgos en una excavación que efectúan bajo un improvisado toldo. Cubiertos con ropa de protección y todos con guantes, extraen “molares, placas, dientes, pedazos de cráneo, huesos calcinados”, describe la narración. “Era una finca de adiestramiento”, “era un campo de adiestramiento y aquí calcinaban a las personas”, indica la conductora de la transmisión, que además reseña que encontraron tres “crematorios”.
“¿Cómo le podemos llamar, fosa crematoria?”, duda la buscadora en algún momento. Y describe de qué se trata: “Hacían los pozos, quemaban, [los] tapaban de vuelta”. Pronto hallan otros sitios en donde el piso, reblandecido o colocado recientemente, esconde otros boquetes, presumiblemente también con restos humanos.
La segunda transmisión, en el mismo espacio de Facebook y a cargo de otra integrante de Guerreros Buscadores, duró dos horas con doce minutos. Allí se muestra el galerón con montones de zapatos, mochilas, pantalones, “mucha ropa de mujer”. Algunos de esos artículos son mostrados con detalle, con la esperanza de que alguien los reconozca. La cámara del celular está dirigida hacia el piso, para registrar el tiradero de enseres personales y vestimentas. Los rostros de los buscadores no aparecen. La narradora relata: “Se encontraron tres hornos crematorios con restos humanos calcinados”.
La conductora de la transmisión sale al campo abierto, en donde prosiguen las excavaciones. Mientras muestra una libreta con nombres de “reclutas”, comenta que tiene restricciones para registrar todo eso porque “están los policías atrás de mí”. De vuelta en las “habitaciones” se ven imágenes religiosas y, cerca de ellas, monedas, plumas, llaves, anteojos, ollas, envases vacíos de comida, refresco y shampoo. La conductora encuentra dos biblias y se le quiebra la voz cuando halla una estampita con la imagen de San Judas Tadeo, “es que mi hermano desapareció en 2020, el 10 de enero, y ese año yo tenía un calendario de San Juditas Tadeo y hoy casualmente me sale otro calendario, de ese mismo año, con San Juditas”. La transmisión termina cuando se acaba la batería del celular.
El reportero gráfico Ulises Ruiz, de la agencia AFP, acompañó ese recorrido y tomó las primeras fotografías de prendas de vestir, cuadernos con anotaciones, restos óseos, altares, así como de los buscadores que excavan y clasifican sus hallazgos. Esas gráficas aparecieron en diarios de todo el mundo. Varias de ellas se pueden mirar en su espacio en Instagram. Allí, Ruiz recoge las palabras de Indira Navarro, dirigente de Guerreros Buscadores: “Encontramos restos calcinados, restos de cuerpos humanos calcinados en fosas que fungían como crematorios clandestinos”.
Desde entonces quedó claro que en el rancho se cometieron numerosos asesinatos. Si fue o no un campo de exterminio, depende de la connotación que se asigne a ese término. Allí había prendas y restos humanos que daban cuenta de la desaparición de centenares de personas. En vez de enfrentar y condenar ese hecho, la presidenta y su gobierno promovieron una discusión semántica que, a final de cuentas, beneficiaba a los criminales.
Las evidencias indican que el Rancho Izaguirre fue escenario de sufrimientos enormes y de abundantes muertes. Las precisiones terminológicas encubren esos hechos fundamentales y, sobre todo, el señalamiento de sus responsables. El intento oficial para disfrazar la extrema gravedad de lo que ocurría en Teuchitlán es, de manera deliberada o no, una forma de soslayar la culpabilidad de los criminales —y la posible complicidad de autoridades— que durante meses, o años, mantuvieron ese sitio en donde, al entrenarlas como delincuentes, sacrificaban a muchas personas. La Fiscalía General considera que el rancho era manejado por el Cártel Jalisco Nueva Generación. Si no era campo de exterminio, Izaguirre era un campo de concentración.
La incursión de los Guerreros Buscadores de Jalisco ofreció la oportunidad de saber qué ocurrió con centenares de víctimas, que murieron o fueron llevadas allí. Sin embargo, la prisa del gobierno federal para difuminar la versión del exterminio y, antes, el descuido del gobierno de Jalisco que no preservó a tiempo ese sitio, puede haberlo alterado.
El jueves 20 de marzo la Fiscalía General de la República, para entonces ya a cargo del predio, organizó una visita al Rancho Izaguirre. Acudieron centenares de reporteros y miembros de colectivos de buscadores. La Fiscalía de Jalisco había recogido la ropa y los zapatos, para clasificarlos. La Fiscalía General bloqueó el acceso a varias de las habitaciones dentro del rancho, acordonó otros espacios y limpió y apisonó el suelo sobre las fosas en donde se habían encontrado restos humanos. De manera intencional o no, el escenario de muy probables crímenes fue trastocado. Los activistas buscadores denunciaron que la visita estaba amañada para enmascarar desapariciones y evidencias.
El periodista y académico jalisciense Darwin Franco escribió en el portal ZonaDocs: “De los hoyos en los que madres y padres buscadores sacaban fragmentos óseos y algunas placas quirúrgicas, no hay nada. Esos hoyos en los que se buscó erradicar toda vida y evidencia, de la noche a la mañana, pasaron a ser terrenos finamente aplanados para que el ojo no tuviera duda de que ahí no hay nada”.
La periodista Marcela Turati, en el portal A dónde van los desaparecidos, publicó el 26 de marzo un extraordinario reportaje con testimonios de familiares buscadores: “Cuando regresa al rancho Izaguirre en Teuchitlán, ya no en secreto sino con autorización oficial, a Virginia Ponce se le estruja el corazón al ver que este sitio no está como lo recordaba: lo ve ‘limpio’, como desmantelado. No apesta a humedad, tampoco está polvoso ni abandonado; cientos de personas lo recorren, lo pisan y manosean ahora mismo —por invitación de las fiscalías federal y de Jalisco—, aunque ella, que rastrea sitios de exterminio, sabe que es la escena de muchos crímenes y seguramente conservaba evidencias forenses”.
Doña Virginia Ponce, que busca a su hijo Víctor Hugo Meza desaparecido hace casi cinco años, “se queja de que esta visita a la que fue invitada por las autoridades a participar es una burla. ‘Nos trajeron como a un museo, pero siquiera en un museo tú ves o puedes preguntar, y aquí nadie te dijo a qué venías o qué trabajos habían realizado. Es una burla’”.
Turati publica tres fotografías del lugar, tomadas en diferentes momentos por el reportero gráfico Ulises Ruiz. La primera es del 5 de marzo cuando los Guerreros Buscadores hicieron excavaciones, alguna de más de un metro de profundidad, y encontraron fragmentos de huesos y sobre ella colocaron un toldo.
Una segunda fotografía, que Ruiz, tomó con un dron el 19 de marzo, muestra la misma área pero ahora sin la tierra removida por la excavación. Hay varias personas trabajando y una parte del piso ha sido aplanada. La tercera imagen es del día de la visita, el 20 de marzo. También es aérea aunque desde otro ángulo: la zona está acordonada, hay visitantes que deambulan en torno a ella y el suelo está completamente apisonado.
Varios de los informadores que funcionan como comparsas del gobierno en las conferencias de prensa en Palacio Nacional hicieron transmisiones en YouTube para mostrar que en el rancho no había hornos crematorios. “No hay toneladas de madera”, “no hay instalaciones de gas”, “no hay montañas de ceniza”, “no hay hornos crematorios”: tales frases, idénticas, se repitieron en las cuentas de esos personajes en X y otras redes. Quienes buscaban tuberías de gas ridiculizaron las denuncias de los familiares buscadores o quedaron en evidencia ellos mismos, al suponer que los únicos hornos crematorios son como los que han visto en las películas.
El aparato de propaganda oficial se volcó a reiterar esas expresiones. La sociedad quedó ante dos versiones. Una, legitimada por las imágenes que registraron los Buscadores de Jalisco y propaladas en numerosos medios profesionales. Otra, difundida en medios morenistas. Los videos de Guerreros Buscadores en Facebook, transmitidos el 5 de marzo, han sido vistos 1.1 millones de veces el más breve y 1.4 millones el más extenso. Este lunes 31 de marzo, en Milenio, Héctor Aguilar Camín cita un informe de las reacciones al caso Teuchitlán en el entorno digital. Las apreciaciones críticas a la postura del gobierno han sido mucho mayores que los respaldos a la versión oficial.
En el Rancho Izaguirre fueron recogidos 1308 pares de zapatos, prendas de vestir y otros artículos. Todos ellos son mostrados en una conmovedora galería que puso en línea Ángel R. Abundis, un joven sociólogo de la Universidad de Guadalajara, con imágenes que proporcionó la Fiscalía de Jalisco. Uno no puede dejar de preguntarse de quiénes eran todos esos pantalones, playeras, blusas, vestidos, suéteres, bóxers, mochilas, cobijas. Hay al menos 192 mochilas, bolsos y maletas, y 302 pantalones.
Es claro que no se ha dicho todo, y que hay mucho por explicar y castigar, en torno al infierno que hubo en ese sitio. Por lo pronto la prisa del gobierno y la fiscalía federales para levantar evidencias, barrer, resanar y ocultar lo que hubo en Teuchitlán remite, como ha recordado el escritor Aurelio Asiain, a las indignadas líneas de Octavio Paz después de otra tragedia, hace más de medio siglo: Los empleados / municipales lavan la sangre / en la Plaza de los Sacrificios.
Raúl Trejo Delarbre
Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.