
Cada novela de Mario Vargas Llosa nos dejaba trepidando, con esa mezcla de placer y perturbación que sólo ofrece la gran literatura. El premio Nobel conseguía que sus lectores cerraran sus libros “perplejos, aturdidos, resoplando ante el prodigio que acaban de atestiguar”, ha escrito Héctor de Mauleón. Pero cuando llegamos a la página final de su última novela (Le dedico mi silencio, 2023) a esas sensaciones se añadió una gran tristeza porque Vargas Llosa anunciaba allí que no volvería a escribir otra: “Ahora, me gustaría escribir un ensayo sobre Sartre, que fue mi maestro de joven. Será lo último que escribiré”. Dos meses más tarde, en diciembre de 2023, puso punto final a la columna que durante 33 años escribió cada dos semanas en El País. Así prevenidos, sus lectores nos fuimos acostumbrando a la desoladora e inevitable idea de que Mario Vargas Llosa dejaba de escribir. Su muerte el domingo 13 de abril, a los 89 años que cumplió pocos días antes, hace definitivas esas despedidas anunciadas por el enorme autor peruano.
A quienes hemos transcurrido centenares de horas en sus novelas nos resulta muy difícil elegir unas cuantas de ellas. Quizá, como las lecturas que hicimos cuando jóvenes a menudo nos resultan más definitorias, aunque también las mitificamos más, prefiero el relato de la despiadada iniciación militar adolescente y, desde entonces, la aspiración por la libertad, de La ciudad y losperros (1963); las pupilas de La casa verde (1967) y la inquina moralista que suscitaron; el relato de corrupción política y resignación periodística que ofrecen los diálogos de Conversación en La Catedral (1969). Pero también son inolvidables la épica rebelión milenarista de La guerra del fin del mundo (1981), el delirio guerrillero en Historia de Mayta (1984) o el ominoso dictador dominicano de La fiesta del Chivo (2000), junto a tantas otras.
Novelista fundamental, Vargas Llosa fue un intelectual notorio y notable. Su apuesta por las letras lo llevó a variados géneros, destacadamente el ensayo extenso y el artículo periodístico. Asentados en América Latina, sus relatos y reflexiones tienen una mirada universal. Nació en Arequipa, vivió en Bolivia, trabajó muy joven en Lima, estudió en Madrid y París, ganó fama y recursos y mucho más tarde enseñó en Princeton y Harvard.
Ante la sinrazón de la política sin principios y la violencia de los atrabiliarios, Vargas Llosa reivindica incesantemente valores civilizatorios: libertad, democracia, cultura, laicismo. Hombre de su tiempo, casi no hay acontecimiento o expresión destacadas de los que no se ocupe. La civilización del espectáculo (2012) desmenuza las veleidades de una cultura de masas, dominada por el mercado y la frivolidad, que propaga trivialidades, ridiculeces e incluso auténtica basura. La llamada de la tribu (2018) explica y defiende al liberalismo a partir de autores como Adam Smith, Ortega y Gasset, Popper, Aron y Berlin.
La deriva liberal de Vargas Llosa fue resultado de su propia experiencia política y del encontronazo que tuvo a comienzos de los años setenta con la Revolución cubana, a la que había respaldado con intensidad. Se había deslindado respecto de la izquierda estalinista, entre otros momentos, en 1967 cuando cuestionó la persecución en Rusia contra Aleksandr Solzhenitsyn y otros escritores porque, escribió Vargas Llosa, “la censura, aún mínima, es para la literatura un veneno mortal”. Aún entonces, consideraba que ese era un defecto menor del socialismo soviético. Las autoridades soviéticas, dijo, “deberían jubilar cuanto antes a sus censores” y, entonces, “la URSS podrá también exhibir ante el mundo, en el campo de la literatura, realizaciones tan magníficas como las que ha logrado en los dominios de la ciencia y de la justicia social” (Contra viento y marea 1962 – 1982, publicado en 1983). En 1970 protestó contra la intervención soviética en Checoslovaquia pero todavía consideraba que era “una agresión de carácter imperial que constituye una deshonra para la patria de Lenin, una estupidez política de dimensiones vertiginosas y un daño irreparable para la causa del socialismo en el mundo” (Contra viento y marea).
La definición más drástica ante los abusos en el llamado socialismo real ocurrió, como es bien sabido, cuando el poeta cubano Heberto Padilla fue encarcelado y, más tarde, obligado por el gobierno de Fidel Castro a presentar una patética confesión pública. En sus textos literarios, así como en declaraciones privadas y públicas, Padilla había expresado discrepancias con la política cultural de la Revolución cubana. En marzo de 1971 en La Habana, después de un recital en donde leyó varios de sus poemas, él y su esposa fueron encarcelados, acusados de “actividades subversivas”.
Cuando se supo del encarcelamiento, varias docenas de intelectuales le dirigieron a Fidel Castro una carta muy comedida en donde le advertían: “El empleo de métodos represivos contra intelectuales y escritores que han ejercido el derecho de crítica dentro de la revolución sólo puede tener una repercusión profundamente negativa entre las fuerzas antiimperialistas del mundo entero y muy especialmente de América Latina, para quienes la Revolución cubana es un símbolo y una bandera”. Aquella carta, firmada entre otros por Vargas Llosa, apareció el 9 de abril en Le Monde, en París. También se publicó, con fecha 5 de mayo, en “La Cultura en México”, Suplemento de la revista Siempre!
El 27 de abril de 1971 Heberto Padilla, liberado poco antes, presentó una extensa declaración en la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. “Yo he cometido muchísimos errores, errores realmente imperdonables, realmente censurables, realmente incalificables”, dijo, con una supuesta autocrítica: “Yo, bajo el disfraz de un escritor rebelde, lo único que hacía era ocultar mi desafecto a la revolución”. (Recientemente el cineasta cubano Pavel Giroud obtuvo una copia de la grabación fílmica de esa “autocrítica” y, con ella, hizo la película El caso Padilla que ha sido exhibida en salas y plataformas digitales.)
El 30 de abril, a su vez, Fidel Castro, en un discurso, descalificó las críticas de los “agentillos del colonialismo cultural” que desde el extranjero, en “periódicos reaccionarios, burgueses, pagados por el imperialismo”, propalaban “el veneno la insidia y la intriga en la Revolución”. A los “escritores latinoamericanos que viven en Europa”, el comandante les prohíbe que vuelvan a visitar Cuba. (Este y otros documentos fueron compilados en revista Libre, número 1, París, septiembre – noviembre de 1971).
Una de las primeras reacciones al virulento discurso de Castro fue la renuncia de Vargas Llosa al comité de la revista Casa de las Américas. En una carta dirigida a Haydée Santamaría, directora de la revista, y a la que trata como “estimada compañera”, Vargas Llosa comunica esa decisión y defiende a Padilla y otros escritores: “Obligar a unos compañeros, con métodos que repugnan a la dignidad humana, a acusarse de traiciones imaginarias y a firmar cartas donde hasta la sintaxis parece policial, es la negación de lo que me hizo abrazar desde el primer día la causa de la Revolución cubana…”. Santamaría responde el 14 de mayo con una nueva retahíla de reproches. “Hombres como usted, que anteponen sus mezquinos intereses personales” al interés de Cuba le dice, entre otras cosas.
La carta de Vargas Llosa recibió tanta difusión que él llegó a considerar que su desacuerdo público podría lastimar a la Revolución cubana. A pesar de la destemplada respuesta de la directora de la Casa de las Américas, el 19 de mayo Vargas Llosa, que vivía en Barcelona, difundió una declaración en donde señaló que “cierta prensa” estaba usando su renuncia “para atacar a la Revolución cubana”. Precisó: “Mi renuncia es un acto de protesta contra un hecho específico, que sigo considerando lamentable, pero no es ni puede ser un acto hostil contra la Revolución cubana en general, cuyas realizaciones formidables para el pueblo de Cuba, llevadas a cabo en condiciones verdaderamente heroicas, he podido verificar personalmente en repetidos viajes a la isla”.
Ese tono cuidadoso para referirse a Cuba y su proceso político cambió de inmediato. Al día siguiente, el 20 de mayo de 1971, reunidos en Barcelona, Juan y Luis Goytisolo, José María Castellet, Hans Magnus Enzensberger, Carlos Barral y Mario Vargas Llosa, acuerdan elaborar una nueva carta para Fidel Castro. Cada uno escribe un borrador y aprueban el que redactó Vargas Llosa. “Creemos un deber comunicarle nuestra vergüenza y nuestra cólera”, le dicen al comandante cubano en respuesta a la presunta confesión de Heberto Padilla. Esa declaración, afirman, “sólo puede haberse obtenido por medio de métodos que son la negación de la legalidad y la justicia revolucionarias”. Por su contenido y forma, dicen, esa confesión “recuerda los momentos más sórdidos de la época stalinista, sus juicios prefabricados y sus cacerías de brujas”, dice el documento.
Sesenta y dos escritores firmaron esa dura “Carta a Fidel Castro” que añadía: “Con la misma vehemencia con que hemos defendido desde el primer día la Revolución cubana, que nos parecía ejemplar en su respeto al ser humano y en su lucha por su liberación, lo exhortamos a evitar a Cuba el oscurantismo dogmático, la xenofobia cultural y el sistema represivo que impuso el estalinismo en los países socialistas”. Aquella carta la firmaban, entre otros, además de los ya mencionados (excepto Barral, que al final no la suscribió) Simone de Beauvoir, Fernando Benítez, Italo Calvino, Marguerite Duras, Carlos Franqui, Carlos Fuentes, Jaime Gil de Biedma, Juan Marsé, Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Pier Paolo Passolini, Alain Resnais, José Revueltas, Vicente Rojo, Juan Rulfo, Jean Paul Sartre, Jorge Semprún y Susan Sontag.
Medio siglo después, Vargas Llosa escribió que aquella carta “me quitó un gran peso de encima: ya no tendría que estar simulando una adhesión que no sentía con lo que pasaba en Cuba” (La llamada de la tribu).
Ese y otros episodios en la vida pública y política de Vargas Llosa, y del clima intelectual del que fue parte, se pueden reconstruir gracias a que dejó constante testimonio de sus puntos de vista. Además de la expresión literaria, que es el venturoso eje de su prolífica obra, Vargas Llosa escribió en la prensa, ofreció innumerables entrevistas, dictó conferencias. Con todo ello, hizo del debate público el método para poner a circular y discutir sus posiciones. Entendió a la congruencia no como la inmovilidad de puntos de vista, sino como la capacidad para decir y hacer a partir de ellos. En 1993 escribió: “Me merece respeto el intelectual o el político que dice lo que cree, hace lo que dice y no utiliza las ideas y las palabras como una coartada para el arribismo” (El pez en el agua. Memorias).
Vargas Llosa fue candidato presidencial en su natal Perú, en 1990. Perdió, en segunda vuelta, frente a Alberto Fujimori. Su militancia política levantó recelos y le proporcionó una experiencia que Octavio Paz describió con afecto: “Cuando, hace dos años, me confió su decisión de aceptar su candidatura a la presidencia del Perú, confieso que mi primer impulso fue disuadirlo. Pensé que perderíamos a un gran escritor en una lucha dudosa e incierta como todas las luchas políticas. Estaba equivocado: un hombre se debe a sus convicciones. El poeta Heine dijo alguna vez que prefería ser recordado no por su pluma y sus poemas sino por sus combates en defensa de la libertad. Estoy seguro de que mañana, nuestros hijos y nietos recordarán a Mario Vargas Llosa, al novelista, al creador de mundos tan reales y fantásticos como la realidad misma, pero igualmente al combatiente civil y al demócrata. Saludo en él a la rara síntesis de la imaginación literaria y la moral pública” (“Alas de la libertad”, 1990, en Ideas y costumbres I. Obras Completas de Octavio Paz, 1995).
Raúl Trejo Delarbre
Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.