
A las 11:30 de la mañana del sábado 24 de enero, cuando el Departamento de Seguridad Nacional del gobierno de Estados Unidos dijo que agentes de la Patrulla Fronteriza dispararon contra un individuo armado que intentó atacarlos, ya habían comenzado a circular videos que mostraban una versión muy diferente. El hombre quiso ayudar a una mujer a la que rociaron con gas pimienta y, antes de que los agentes le dispararan al menos diez balazos, se encontraba en el suelo y había sido inmovilizado.
A las 17:21 de ese sábado, cuando la titular del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés) Kristi Noem, insistió en la versión del “sospechoso armado que resistió de manera violenta” y que supuestamente puso en riesgo la vida de los agentes que lo balacearon, los videos no sólo habían alcanzado difusión global. Además habían sido analizados, cuadro por cuadro, en cámara lenta, combinando escenas tomadas desde diversos ángulos, para confirmar que se trató de un alevoso asesinato. El DHS tiene bajo su mando a la Patrulla Fronteriza y a la Agencia de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).
The New York Times publicó, ese mismo sábado, avances de la exhaustiva revisión de los videos que encargó a seis de sus periodistas de investigación, especializados en el empleo de tecnologías multimedia y análisis visual. “Agentes federales dispararon y asesinaron al residente de Minneapolis de 37 años, Alex Jeffrey Pretti”, pudo afirmar esa nota. El grupo de investigación periodística Bellingcat identificó en las redes los videos del asesinato, los estudió y desechó la versión de que Pretti había amenazado a los policías. The Wall Street Journal, en su propia indagación, dijo que los videos contradicen la versión oficial. The Washington Post subrayó que en algunas escenas se aprecia cómo a Pretti, antes de dispararle, le quitan la pistola que traía en la cintura.
Los videos grabados por ciudadanos que estaban en el sitio de la ejecución fueron recuperados, estudiados y autentificados por periodistas. De esa manera la fundamental labor de denuncia de las personas que grabaron tales vídeos tuvo repercusión, certificación y utilidad. “Las versiones de Trump acerca de la realidad —escribe Peter Baker, jefe de los reporteros del NYT en la Casa Blanca— entran en colisión con videos de espectadores vistos por millones que no vieron lo que se les dijo”.
También en Minneapolis, dos semanas antes fue asesinada la escritora Renée Good cuando intentaba alejarse de un agente del Servicio de Inmigración. Los videos de ese incidente muestran que las acusaciones de terrorismo que hicieron algunos funcionarios para justificar esa agresión eran falsas.
En el clima de terror que el gobierno de Donald Trump ha impuesto en esa y otras ciudades, con agentes federales a quienes se les da una tácita licencia para disparar aunque las consecuencias puedan ser fatales, sacar el teléfono y grabar episodios de abuso policiaco puede ser una actividad de riesgo. Unos instantes antes de que intentase ayudar a la mujer que era empujada por varios agentes, Pretti estuvo grabando con su celular las agresiones policiacas.
Un par de horas después de ese crimen, se sabía que la víctima era enfermero en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital para Veteranos en Minneapolis. “Era un gran amigo” y se le conocía como una persona generosa, dijeron algunos de quienes lo conocían en las semblanzas que comenzaron a circular en los medios profesionales. No se ha explicado por qué Pretti, aunque tenía licencia para portarla, andaba por las calles con una pistola.
La realidad registrada por ciudadanos nutrió la investigación periodística y, con gran celeridad, enfrentó las mentiras del poder político. Hubo fanáticos del trumpismo que quisieron creer las imposturas del gobierno. Pero muchas personas más, dentro y fuera de Estados Unidos, comprobaron que las versiones del gobierno sobre la muerte del enfermero Alex Pretti eran falsas. Mientras más insistían en ellas los funcionarios de la administración de Trump, más grotescas resultaban.
En un contexto de suspicacia permanente debido al caudal de mentiras que nos dicen todo el tiempo, en este caso la contundencia de las imágenes ha sido irrefutable. Hoy en día tenemos que dudar antes de confiar en imágenes que pueden haber sido alteradas, o fabricadas con recursos de inteligencia artificial. En el asesinato ocurrido en Minneapolis, los videos circularon tan pronto, avalados por testigos tan variados y recuperados por medios profesionales, que no hubo espacio para titubear ante ellos.
La agencia del gobierno de Trump encargada de perseguir a los migrantes ha creado un extenso departamento de videos para difundir y defender sus acciones. Docenas de productores seleccionan las imágenes más dramáticas que han sido grabadas en los operativos de ICE, las editan y musicalizan y muestran a las personas arrestadas como delincuentes, aunque no lo sean. The Washington Post publicó en diciembre pasado un amplio reportaje sobre esa estrategia mediática que utiliza a influencers simpatizantes de Trump, difunde sus contenidos en coordinación con la Casa Blanca y busca acentuar el miedo entre los migrantes, así como el desprecio hacia ellos. Ese empleo de imágenes sensacionalistas se enfrenta ahora a la áspera y verificada realidad que son los abusos policiacos en calles de Estados Unidos.
Los intentos de Trump y su administración para trastocar la realidad con una intensa propagación de mentiras han sido equiparados con aquel reclamo de uno de los hermanos Marx: “¿A quién le vas a creer? ¿A mí, o a tus propios ojos?”. Al recordar esa frase, el periodista británico Steven Greenhouse subraya que el autoritarismo se sustenta en falsedades y cita a Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo: “El sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido, ni el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre hecho y ficción (y la distinción entre lo verdadero y lo falso) ya no existe”.
El columnista Charlie Wazel, en The Atlantic, exhorta a propósito de los hechos en Minneapolis: “Cree en lo que ves”. Barack Obama, en una declaración con motivo del asesinato de Alex Pretti, dijo que los agentes federales, en colaboración con los funcionarios locales, deben garantizar la seguridad pública pero “eso no es lo que estamos viendo en Minnesota. De hecho, estamos viendo lo contrario”. Otro ex presidente, Bill Clinton, al condenar el crimen en Minneapolis también menciona los hechos expuestos a la vista de todos: “Para empeorar aún más las cosas, a cada paso, las personas a cargo nos han mentido, nos han dicho que no creamos lo que hemos visto con nuestros propios ojos, y han impulsado tácticas cada vez más agresivas y antagonistas, incluidas acciones para obstaculizar las investigaciones de las autoridades locales”.
Los gobernantes autoritarios siempre intentan desacreditar a informadores y medios que contradicen sus falsedades. Cuando está sustentada en evidencias documentadas, la verdad reduce los márgenes de la mentira institucional. Si se abre paso y es visible, verificable y pública, la verdad puede evitar que la propaganda autoritaria termine por anestesiar incluso a los hechos.
Estas experiencias valen lo mismo frente a la propaganda de la Casa Blanca, que ante los cotidianos engaños, silencios y reconvenciones en Palacio Nacional. Al erosionar la verdad de manera intencional, el poder exige obediencia incluso para que creamos en versiones distintas a las que alcanzamos a mirar. Ya no sólo hay que ver para creer; hay que ver para dudar. Y a partir de los hechos, reafirmar la verdad.
Raúl Trejo Delarbre
Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.