
El terremoto me despertó y no necesité escuchar la radio para saber que se trataba de una tragedia inusual en la Ciudad de México. Mi departamento, cerca del centro de Coyoacán, no tuvo daños, pero varios libreros que tenía junto a las paredes se desplomaron. El teléfono –igual que muchos otros a esa hora del 19 de septiembre de 1985– no funcionaba, así que salí corriendo en busca de uno que sirviera. La primera llamada que hice en el teléfono de monedas de la siguiente esquina fue a don Adalberto Arroyo, fotógrafo del semanario Punto de cuya redacción yo estaba a cargo. “Recorra las calles, tome todas las fotos que pueda”, le pedí. En esa época yo era profesor en la Facultad de Economía, algunas tardes a la semana trabajaba en Punto y por las noches revisaba los artículos de opinión y escribía los editoriales de El Universal, que dirigían Benjamín Wong y José Carreño Carlón.
La UNAM suspendió actividades, así que fui a las oficinas del semanario. Toda la mañana organicé la edición especial que Punto publicaría con la reseña del terremoto. Era necesario narrar la tragedia, destacando sus brutales dimensiones y la generosa y colectiva solidaridad ciudadana, pero sin soslayar historias personales que humanizan cualquier relato, sobre todo con tales exigencias.
El tránsito en la ciudad estaba suspendido o, donde lo había, desquiciado, así que antes de que cayera la noche caminé por Insurgentes desde la Colonia del Valle, donde estaba la oficina de Punto, hasta El Universal junto a Avenida Juárez. Calle tras calle, al paso junto a ruinas humeantes y nubes de polvo, mientras escuchaba el interminable ulular de las ambulancias y los atribulados gritos de los rescatistas, constaté la pavorosa devastación que sufrió esa amplia zona del Distrito Federal. Esa noche escribí, como de costumbre, las seis cuartillas que requerían los editoriales del diario y mi artículo semanal que se publicaba los viernes. Era muy joven y escribía mucho (no sabía que dos semanas más tarde, por la información incómoda para el gobierno que el diario publicó acerca del terremoto, Wong y Carreño serían despedidos y me iría junto con ellos. Pero esa es otra historia).
El número 151 de Punto, con fecha 23 de septiembre de 1985, es uno de los mejores testimonios que conozco de aquella tragedia. En la portada, junto a tres dramáticas fotos, destacaba el encabezado: “En la tragedia, solidaridad”. Y un subtítulo: “JUEVES 19: el día más largo en la vida de la ciudad de México”. Tres extraordinarios y entonces jóvenes periodistas, Hernán Casares Cámara, Juan Antonio Hernández y Óscar Romero, escribieron los textos con que se armó el reportaje central de aquella edición. Tomo de allí los siguientes párrafos.
“Después de la primera sacudida, un enérgico movimiento oscilatorio que hizo danzar siniestramente a los altos edificios, sobrevino una breve y atroz calma. Luego, la gente abrazada a los postes, tirada al piso, expulsada de los hoteles y de los negocios que abren temprano, empezó a gritar dominada por el pánico: “¡Ahí viene de nuevo… viene de nuevo!”. Y la vasta ciudad comenzó a crujir otra vez”.
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“Pasada la sorpresa, pero en modo alguno la perplejidad, el pánico, la sensación terrible de estar acompañando a una ciudad que se venía abajo, el aire cargado de gritos, de plegarias, de llantos, se llenó con el aullido de las sirenas. Soldados, policías, marinos, médicos, granaderos, llegaron a la zona del desastre. En las esquinas de Plaza de la República se alzaban apresuradamente tiendas de campaña, que rápido se llenaban de heridos”.
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“El cadáver de una mujer colgaba macabramente entre la masa de escombros y varillas retorcidos del humeante hotel Regis. En las cocinas del hotel Del Prado el fuego empezaba a ganar fuerza. En Revillagigedo y José María Iglesias ardían varios edificios. Más al fondo, en José María Iglesias, a un lado del monumento a la Revolución, el hotel El Principado crepitaba con sus muertos dentro”.
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“Y desde el fondo humoso de José María Marroquí, un joven ensangrentado y jadeante corría. Su hermana, que esperaba y desesperaba en la Alameda, rompió el cerco de seguridad apenas lo vio venir. Corrió hacia él, gritando: ‘Sergio… hermanito’. Y ambos se abrazaron fuerte, anhelosamente, a mitad de la calle, entre el tráfago incansable de las ambulancias y los rojos carros de bomberos”.
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“… agitados bomberos, azorados marinos echados a un mar de asfalto, recios y curtidos socorristas, jóvenes y viejos médicos de batas estrujadas construían la emocionada historia de la heroicidad anónima, del valor por encima de cualquier riesgo. De los hoteles en llamas, del fondo tenebroso de montañas de escombros, del oscuro fondo de calles devastadas, emergían a veces estos hombres y mujeres para solicitar una bocanada de oxígeno. Se reponían y volvían a sus tareas, a internarse en frágiles montones de material cuya sola visión paralizaba el ánimo”.
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“Del edificio ubicado en Insurgentes con Álvaro Obregón, en la punta de los escombros, la mano de un hombre agitaba con desesperación una improvisada bandera blanca. Pedía auxilio. Los cuerpos de rescate, a esa hora, treinta minutos después del siniestro, aún no llegaban a la zona. Los vecinos se desesperaban al ver los pedidos de ayuda sin poder responder. Pasó mucho tiempo antes de que, seguetas y taladros de por medio, Manuel Santiesteban fuera rescatado por grupos de civiles. Salió ileso de las ruinas del edificio, pero mudo de la impresión”.
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“En un edificio de la calle de San Luis Potosí, socorristas de la Cruz Roja se afanaban por acudir a los llamados de auxilio… Gustavo Adolfo Herrera, socorrista voluntario de la Cruz Roja de Zumpango, decidió que él rescataría a los dolientes. Removió restos de varillas y grandes bloques de cemento. Agrupados en el interior de lo que seguramente fue una recámara, Herrera encontró a una señora con sus tres hijas. Una de ellas tenía la pierna prensada bajo una enorme viga, pero no se quejaba. Apenas sollozaba. El socorrista horadó una salida por encima de los techos de escombros, con la ayuda de los vecinos armados de picos y palas. Llegó hasta el lugar y sacó primero a Marisela, de 13 años; luego a Sandra, de 16, y finalmente cargó sobre sus hombros el cuerpo de la madre que presentaba una herida en la nuca.
‘ —¡La otra, señor, se queda otra de mis hijas allí!’, gritó histérica la madre.
— ‘La otra está muerta’, contestó Herrera acomodándose el casco hacia abajo para cubrirse los ojos”.
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“Frente a una escuela de cómputo, entre Sinaloa y Durango, dos viejos ejecutivos bancarios lloraban. Y rememoraban: ‘Lo de 57 no fue como esto’. De la escuela, heroicos, socorristas, jóvenes todos ellos, deslizaban entre la montaña escarpada de escombros los cuerpos de las alumnas atrapadas. Y cada vez que una de ellas levantaba siquiera un dedo, se desbordaban en lágrimas.
‘—¡Está viva! ¿Viste? Dios mío. Qué bueno… ojalá la siguiente también lo esté’ y seguían allí, apostando su llanto por la vida”.
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“No obstante que ya pasaron más de seis horas después del temblor, todavía se oyen gritos y lamentos provenientes de personas atrapadas en los casi totalmente destruidos edificios del conjunto Pino Suárez. Un bombero con el rostro ensangrentado, logra rescatar uno de los cuerpos”.
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“En el multifamiliar Juárez, frente al Centro Médico, dos enormes conjuntos habitacionales se fueron a tierra sepultando a por lo menos mil personas. Allí, las escenas eran de desesperación. Fue oportuna la intervención de civiles, que cargando todo tipo de herramientas se dieron a la tarea de rescatar a los sobrevivientes; muchos quedaron atrapados en resquicios, pero a obscuras y sin oxígeno suficiente…
En el edificio del multifamilar ubicado debajo del puente que atraviesa a esa unidad habitacional, el rescate estaba organizado a iniciativa de los propios familiares. Fueron frecuentes las rencillas entre ellos, porque mientras unos desplazaban escombros de una parte del edificio, otros hacían lo propio en una zona distinta, lo que ocasionaba que se tiraran entre ellos mismos los restos removidos. Había también resentimientos en contra del Ejército y la Policía, porque sus elementos se limitaban a acordonar el área y no participaban en las tareas que, según los familiares, eran lo más urgente: remover escombros. Además, socorristas civiles que desde las primeras horas del día participaban en las labores de salvamento y rescate fueron desalojados por los cuerpos de seguridad pública, quienes, sin embargo, no ocuparon su lugar en las tareas de rescate”.
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“En el edificio ‘Nuevo León’ de Tlatelolco, bajo las toneladas de escombros que sepultaron a cerca de mil personas, decenas de automóviles quedaron inservibles o sencillamente desaparecieron por el impacto del derrumbe. En las inmediaciones de la zona estaban regados restos de ropa, comida, libros y discos…
“José Manuel Arango Pérez, quien a la hora del terremoto había bajado de su departamento del Nuevo León para comprar pan en un expendio a dos esquinas, observa la desgracia desde el camellón de Reforma. Tenía una mano en la barbilla y no hablaba. Interrogado, sólo aceptó decir: ‘No lo creo, no lo creo’. Se tapó los ojos y echó a llorar”.
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El terremoto de 1985 ha suscitado centenares de recuentos, remembranzas y balances. En septiembre de 1986 publiqué en Nexos una reseña de los primeros nueve libros que aparecieron sobre ese tema. Hace unos días vi la segunda parte de “Cada minuto cuenta”, una serie de Prime Video sobre aquel terremoto. La serie toma al sismo como pretexto para desplegar historias que nunca sucedieron (por ejemplo, la versión de que el gobierno estaba empeñado en bloquear la ayuda del extranjero), modifica escenarios y cronologías de hechos que sí ocurrieron y deriva en un sobrecargado thriller pretendidamente político y criminal, dejando a un lado el sufrimiento, así como la actuación colectiva de millares de ciudadanos. Para recordar y narrar esa tragedia no hace falta fantasear sobre ella. Basta con ir a la hemeroteca.
Raúl Trejo Delarbre
Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.