Ningún gobernante autoritario acepta que lo es. El autoritarismo está mal visto. En tiempos no muy lejanos había líderes que disfrazaban su autoritarismo llamándole dictadura del proletariado. Hoy, en todas las latitudes hay populistas que enmascaran su autoritarismo diciendo que obedecen a la voluntad del pueblo.
Claudia Sheinbaum rechaza ser autoritaria, pero sus definiciones y medidas políticas lo son. Ella, y la élite política a la que encabeza, están desfigurando al Estado mexicano para consolidar un régimen autoritario. La acumulación de poder que ya había impuesto López Obrador, junto con los cambios legales recientes, han conformado una autocracia, es decir, una forma de gobierno en donde el poder político está concentrado en las manos de una persona o de un grupo, sin limitaciones institucionales y sin supeditarse a rendición de cuentas frente a la sociedad, o por parte de otras ramas del Estado.

La autocracia que construyen Sheinbaum y Morena tiene rasgos como los siguientes.
1. Concentración del poder. En una autocracia las decisiones del Estado quedan en manos de unos cuantos. La complejidad institucional del Estado es ajustada a esa prioridad. La interpretación y aplicación de las leyes son subordinadas a la voluntad de la persona o la camarilla que ejercen el poder.
2. Centralización. Al quedar concentradas en unos cuantos, las decisiones del gobierno son tomadas sin participación —y por lo tanto sin que se asegure que sus intereses se tomen en cuenta— de las comunidades y regiones. La centralización del gobierno es antítesis del federalismo y favorece las medidas autoritarias. Una de las consecuencias de la reforma para la “supremacía” Constitucional es la imposibilidad que ahora tienen los estados y municipios para recurrir modificaciones a la propia Constitución.
3. Desprotección de los ciudadanos. Un gobierno concentrador y autoritario descuida su responsabilidad esencial que es la seguridad de las personas. Cuando la ley es manipulada y desairada, el orden jurídico pierde respeto entre los ciudadanos. Durante el primer mes de gobierno de la presidenta Sheinbaum la violencia ha empeorado en estados especialmente maltratados por la delincuencia como Sinaloa, Guanajuato y Guerrero.
4. Desdén por el parlamento. En una autocracia, los legisladores del grupo en el poder están al servicio de la voluntad del gobernante. Morena y su presidenta tienen un motivo político para acaparar y neutralizar al Poder Legislativo: de esa manera impiden que sea un contrapeso, y que llegue a ser un obstáculo, a las decisiones autocráticas. Pero además tienen un móvil ideológico: consideran que el único poder reconocible es el que ahora se concentra en la presidencia y desestiman la pluralidad del Congreso de la Unión. En un Estado democrático la división de poderes funciona y es respetada. Un sistema autocrático menosprecia los tiempos, instancias y formas que son constitutivos de la democracia. Varias reformas constitucionales recientes, como la que desbarata al sistema judicial y la que hace inimpugnables los cambios a la Constitución, fueron aprobadas en un asambleísmo tumultuario. Tanto en la Cámara de Diputados, como en la de Senadores, las voces de los legisladores que representan al 45 % de los ciudadanos fueron desdeñadas.
5. Aversión a la deliberación. En un Estado democrático las decisiones cardinales se toman después de realizar consultas especialmente con expertos y la sociedad tiene oportunidad de discutir y de enterarse de las opiniones de otros. Una reforma constitucional es un asunto serio en un Estado democrático. En una autocracia, la Constitución es maltratada al capricho del gobernante y de quienes lo rodean. Entre la madrugada y la mañana del 31 de octubre, al menos 23 congresos estatales avalaron la reforma que impide refutar legalmente a la Constitución y que la Cámara de Diputados había aprobado horas antes. Los Congresos de Zacatecas y Tabasco tomaron esa decisión en menos de una hora. En Sonora, el Congreso se reunió 11 minutos después de haber sido convocado. En Oaxaca, los legisladores votaron desde sus casas. Mientras más avanza el poder de los autócratas el Poder Legislativo queda más confinado a un papel simbólico, o simplemente cómplice.
6. Descrédito de los valores democráticos. Una autocracia no sólo cancela o inhabilita instituciones que la limitan. Junto con ello, demerita los principios cívicos y democráticos. El Congreso existe para ejercer su representación en pluralidad. La CNDH debiera defender los derechos humanos. El Inai garantiza la transparencia y el acceso a la información pública. El INE, la equidad electoral. Además de arremeter contra esas instituciones, la presidenta y su antecesor desacreditan los valores que las sustentan. La historiadora Anne Applebaum explica en su libro más reciente que los líderes autócratas, “saben que el lenguaje de transparencia, rendición de cuentas, justicia y democracia siempre atraerá a algunos de sus propios ciudadanos. Para permanecer en el poder deben socavar esas ideas, dondequiera que se encuentren”. (Autocracy, Inc.: The Dictators Who Want to Run the World. 2024. En español se publicará como Autocracia, S.A.)
7. Descalificación de opositores. La autocracia no admite interlocutores. Solamente tiene fieles y adversarios. Una autocracia como la que se está creando en México despliega su retórica populista: utiliza al pueblo como coartada para intensificar su concentración de poder. El líder autócrata de ese corte se presenta como encarnación única de la voluntad del pueblo y, por lo tanto, su hegemonía excluye a todos los demás. Como de todas maneras hay otras posiciones y voces, cuando le parecen significativas el autócrata las desacredita. En otros casos, elige a algunos opositores para crear adversarios a modo y entretener a sus seguidores con esas confrontaciones. Para difamar a quienes considera sus adversarios el autócrata, envanecido con el poder que concentra o reacio a cualquier intercambio razonado y sensato, injuria y miente. La obsesión de la presidenta Sheinbaum contra los dirigentes del “PRIAN” o con las remuneraciones (por lo demás, perfectamente legales) de los ministros de la Corte, son expresiones de fundamentalismo autoritario. Cuando a un opositor del régimen (con quien se puede discrepar, pero que ahora es vilipendiado desde el poder) le llama “junior tóxico”, la presidenta privilegia sus fobias personales por encima de sus responsabilidades legales.
8. Elecciones, ritual para legitimar. En una autocracia, los procesos electorales son utilizados para refrendar decisiones que ya ha tomado el gobernante. La competencia entre opciones plurales se dificulta ante el uso de los procesos electorales para convalidar y no para seleccionar. Nadia Urbinati, politóloga italiana, explica ese interés de los líderes populistas (ya hemos dicho que populismo y autocracia se entreveran cada vez más a menudo): “Los populistas tienen una relación muy singular con las elecciones. Las utilizan como estrategia para revelar una mayoría, que ellos imaginan que ya existe en el país y que el líder destaca y lleva a la victoria. Para los populistas, las elecciones son como un ritual que celebra al pueblo auténtico y tratan a la oposición como algo que no es completamente legítimo; la oposición es, en efecto, tolerada como un cuerpo extraño y una fuerza conspiratoria. En los discursos del líder, su mayoría no es una mayoría entre otras: es la mayoría verdadera, cuya validez no es sólo numérica, sino principalmente ética (moral y cultural), autónoma de los procesos de votación y superior a éstos. A lo que aspira el populismo es a alcanzar el poder a través de la competencia electoral, pero utiliza las elecciones como plebiscitos que sirven más para probar al público la fuerza del ganador que para evaluar los diversos reclamos representativos”. (Nadia Urbinati, “Teoría política del populismo”. Revista Mexicana de Sociología agosto de 2023). Cualquier semejanza con la elección de jueces que han establecido Sheinbaum y su partido no es coincidencia.
9. Control de la información. Los autócratas intentan acaparar la información, especialmente acerca de los asuntos públicos. Abominan la transparencia y la rendición de cuentas. El autócrata hace todo lo que puede para soslayar o desacreditar datos y hechos que lo contradicen, o que no coinciden con su discurso. Al Inai, Sheinbaum lo quiere destruir no porque resulte costoso (su presupuesto es de apenas 0.01 % del gasto federal) sino porque contribuye a airear la información del Estado.
10. Mentiras, opacidad, confusión. La distorsión de la realidad, la construcción de un discurso sesgado pero que se pretende único, así como el silenciamiento, la persecución o al menos la desacreditación de voces distintas a las oficiales, son actitudes privativas de las autocracias. Las mentiras de López Obrador fueron señaladas e incluso contabilizadas por observadores de sus “mañaneras” pero, a fuerza de ser cotidianamente reiteradas, convencieron a sus adherentes más fieles. La presidenta Sheinbaum incurre en falsedades, especialmente cuando se deja llevar por sus animadversiones ideológicas y personales.
Raúl Trejo Delarbre
Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.
Los verdaderos autócratas suelen usar el discurso de la seguridad para legitimarse y justificar la violación de los derechos humanos. Por ejemplo, Bukele en el Salvador conla lucha contra las maras, o Mussolini en Italia con su lucha contra la mafia. EEUU usó a la mafia de Sicilia para facilitar la invasión de Italia en la Segunda Guerra Mundial y terminó reviviendo a las mafias italianas.