Del Big Bang a la 4T

En el principio fueron creados los Cielos y la Tierra. En ese diseño divino y de la naturaleza ya anidaban las bases de la Cuarta Transformación. Es delirante y ridículo, pero en su último libro Andrés Manuel López Obrador desliza esa pretensión anticientífica, grotesca y megalómana.

Grandeza (Planeta, 2025) –con ese título tan autocomplaciente– describe un periplo desmesurado: de la formación del universo y el surgimiento de la vida al origen y la evolución del ser humano, las primeras civilizaciones, las culturas indígenas en América y sus cosmovisiones, el colonialismo europeo, la resistencia de los llamados pueblos originarios, la independencia, la reforma y la revolución mexicana hasta llegar a la cuarta transformación. El relato de López Obrador es de un determinismo inflexible: supone que hay una línea de continuidad en ese desarrollo. Si el universo resulta de un caos inicial que se organiza, en donde la materia simple se hace compleja y las partículas forman átomos, células y organismos luego, a consecuencia de ese proceso, los pueblos indígenas representan orden, creatividad, nobleza. Esa narración, que propone una suerte de lógica inexorable para definir la historia de México, abreva en el voluntarismo pero no en los hechos.

Los pueblos mesoamericanos, se dice allí, son continuidad de la armonía con la naturaleza, la fraternidad y la sabiduría, la moral comunitaria: son paradigma de generosidad y rectitud. Gracias a ellos México tiene un pasado “glorioso”. Somos, así, “depositarios de un legado de valores morales y espirituales portentosos y ejemplares”. México, asegura el autor de esa extensa e inmoderada égloga, “nunca dejará de existir con su grandeza y su gloria”.

AMLO se resiste a admitir, en su apreciación idealizada, que entre los antiguos mexicanos hubiera sacrificios humanos y, mucho menos, antropofagia. Esos y otros baldones acerca de las culturas del pasado, dice, son “prejuicios perniciosos e inhumanos”. Ha escrito el libro para explicar: “cómo [esas apreciaciones] han permanecido a lo largo de nuestra historia a pesar de movimientos tan profundos y radicales como la Independencia, la Reforma liberal y la Revolución mexicana, en específico con los cambios registrados durante el gobierno cardenista y, recientemente, con la toma de una conciencia colectiva nunca antes vista en nuestro país, promovida por la Cuarta Transformación de la vida pública de México”.

Añade: “La intención es, pues, refutar la historia inventada o tendenciosa basada, entre otras aberraciones, en atribuir a los pueblos indígenas de la Antigüedad supuestas prácticas de sacrificios humanos, el canibalismo y otros procederes de ese tipo y, por el contrario, con pruebas y argumentos, dar a conocer y exaltar la grandeza de las espléndidas civilizaciones mesoamericanas que han mantenido a México como una potencia cultural en el mundo”.

En días recientes, se han publicado referencias históricas que contradicen la idílica apreciación que López Obrador quiere tener —y propagar— sobre los antiguos mexicanos. Entre otros Eduardo Matos, Leonardo López Luján y Héctor Aguilar Camín (también aquí y acá) en respuesta a esa insostenible tesis en el libro de AMLO, han recordado que los ritos sacrificiales eran parte de la cultura del México prehispánico. Negando las evidencias, López Obrador descarta “sacrificios humanos que nadie vio y que no se sostienen con ninguna prueba documental auténtica, sino con fantasías y mentiras”. Se trata, asegura, de falsedades que inventaron los conquistadores españoles para justificar sus abusos.

Uno de los autores más citados por López Obrador es Enrique Florescano, a quien le reconoce expresa “admiración”. En uno de los estudios de ese historiador, López Obrador cree encontrar apoyo a su idea de que los sacrificios humanos fueron una fábula imaginada por los colonizadores. El autor de Grandeza escribe (p. 258): “Para concluir este apartado, quisiera destacar un pequeño párrafo del maestro Florescano en el cual, como cosa extraña en los estudios antropológicos y de otras disciplinas de las ciencias sociales, se cuestiona la falta de imparcialidad de las fuentes documentales y cómo en este caso se convierte a dioses en demonios o a demonios en dioses. De modo que es profundamente meritorio que el maestro Florescano sostenga:

“Otro avance de la crítica historiográfica y del análisis filológico permitió descubrir que el Topiltzin Quetzalcóatl contrario a los sacrificios humanos y modelo del sacerdocio fue una compleja fabricación atribuible a los frailes españoles, a los indígenas nobles cristianizados por ellos en el turbulento tiempo de la conquista y los primeros años de la imposición del dominio español, que trastocó los antiguos valores mesoamericanos y abrió paso a las concepciones religiosas e históricas europeas”.

Esa afirmación de Florescano, en Los orígenes del poder en Mesoamérica, López Obrador la toma como justificación para decir: “los frailes y cronistas que llegaron desde el inicio de la llamada Conquista no sólo callaron sobre los abusos y las atrocidades cometidas por los españoles contra los indígenas, sino que además inventaron historias para cumplir con la consigna del imperio colonizador que reafirma su misión ‘civilizatoria’ contraria a la barbarie que, supuestamente, existía en Mesoamérica, donde lo común eran las guerras, la violencia y, de manera especial por su carácter evidentemente propagandístico, la práctica de los sacrificios humanos y el canibalismo”.

Sin embargo, en ese texto lo que Enrique Florescano afirma es que la leyenda de que el Topiltzin Quetzalcóatl (que fue rey sacerdote de Tula y al que no hay que confundir con el dios Quetzalcóatl) era contrario a los sacrificios humanos fue elaborada por los frailes católicos. Es decir, en Tula se hacían tales sacrificios y ese monarca no se oponía a ellos. Antes del párrafo citado por AMLO, Florescano escribió:

“Los arqueólogos exhumaron en Tula Xicocotitlán los restos de otra capital importante construida por descendientes de los toltecas de Teotihuacan, pero no hallaron huella de un reino gobernado por un rey—sacerdote enemigo de los sacrificios humanos. Por el contrario, arqueólogos e historiadores descubrieron en los restos de esa devastada Tula la misma iconografía guerrera y sacrificial que antes se había encontrado en Teotihuacan y Chichén Itzá” (Los orígenes del poder en Mesoamérica, Taurus, edición digital, p. 156).

Más adelante, en una nota, Florescano insiste: “La descripción del dios barbudo, blanco y contrario a los sacrificios humanos fue obra de los primeros cronistas españoles (Las Casas, Motolinía, Sahagún y Durán), y de sus seguidores indígenas”. A Topiltzin Quetzalcóatl, dice en otro sitio de su libro, lo querían identificar “con un apóstol cristiano”. Esas y muchas otras precisiones históricas, que desmienten su creencia acerca de las prácticas rituales de los antiguos mexicanos, López Obrador las ignora.

A López Obrador no le interesan los hechos, sino los dogmas. No hace historia, sino mitología. “Por esas benditas culturas —escribe— nuestro país ha resistido todo tipo de calamidades y su pueblo, aunque eventualmente desfallece, siempre se levanta y vuelve a ponerse de pie para seguir caminando hacia el porvenir”. De esa manera, intenta acreditar el mito fundacional de la llamada 4T: México siempre fue moralmente grande; la dominación europea y luego los abusos conservadores interrumpieron ese camino; la 4T restaura ese rumbo, igual que antes hicieron la independencia, la reforma y la revolución.

Tal recorrido histórico a López Obrador le parece inevitable, cada episodio se debe a un destino necesario. La historia mexicana, en ese relato épico, tiene derrotero venturoso más allá de cualquier vicisitud: “surgieron ideas que forman parte del pensamiento progresista de México y que pueden verse, en conjunto, como una doctrina o ideario que prevalece y se retoma cada vez que se lucha por causas justas”. La teología de López Obrador se convierte, así, en teleología.

En el país ideado por AMLO, la herencia indígena es manantial de redención: “Ese legado, repito, es lo que nos ha dado identidad, creatividad, fortaleza, humildad y humanismo para prosperar, ser felices y salir adelante frente a las adversidades”. Entusiasmado ante esa fuente de felicidad, el autor reitera: “sin esa grandeza cultural, no tendríamos la dicha y el orgullo de vivir y ser felices en nuestra amada y suave patria”; “pocos pueblos han tenido la dicha de vivir en un país donde se desarrollaron grandes civilizaciones”; “tenemos la dicha de nacer, vivir y morir en un territorio de una diversidad cultural excepcional”. México, en esa visión, tiene una grandeza moral originaria, y la Cuarta Transformación es la culminación histórica de esa trayectoria.

Beneficiario de esa tradición, el indígena, y por extensión el pueblo (según la concepción obradorista) es virtuoso, sabio, bueno, moralmente superior. Se trata de un agente histórico monolítico, sin contradicciones políticas ni fisuras éticas. Por eso López Obrador rechaza los sacrificios humanos, la antropofagia y otras prácticas que, vistas desde ahora, describen a un pueblo capaz de tener costumbres bárbaras. Como no puede refutar con evidencias las numerosas pruebas de tales hábitos, simplemente los niega. El pueblo no puede haberse equivocado. Tampoco su intérprete, que es él mismo.

Al contrario de las comunidades originarias —y el pueblo al que nutren de tradición y futuro— que no se equivocan, sus adversarios, los conservadores, están históricamente errados. La narrativa fatalista que sirve para ensalzar al pueblo, también le permite desacreditar a aquellos a quienes López Obrador ubica en el campo contrario. En esa perspectiva, los “conservadores” de hoy son herederos de colonialistas que subyugaron a aquellos pueblos autóctonos.

López Obrador escribe una historia a su modo, con desprecio a realidades científicas, porque lo suyo es infundir emociones. Al hacer el farragoso y obsesivo relato de la identidad nacional en la que quiere creer —y que le crean— no tiene empacho para subordinar la verdad histórica a la simbología mítica. El populismo siempre intenta construir una historia ceñida a su discurso. El caudillo es personificación de esa trayectoria épica.

Esta columna, según el paréntesis vacacional de Nexos, volverá a aparecer el martes 13 de enero. Que tengan felices fiestas y un venturoso 2026.

Raúl Trejo Delarbre

Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.

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Publicado en: Sociedad y poder

3 comentarios en “Del Big Bang a la 4T

  1. Pues al mexicano de a pie le encanta saberse heredero de esos pasados terribles, de guerreros que hacían sacrificios y mantenían un control estricto de la población, con ritos y fiestas todo el tiempo.
    No se qué quiere lograr el expresidente, además de distraer, con esa pedagogía simplista que a la mayoría ni le importa o que incluso simpatiza con ese pasado de terror y sangre.
    Basta escuchar una plática de cualquier mexicano promedio con algún extranjero para que eventualmente se toque el tema con un dejo de orgullo y de cierto gozo amedrentador.

  2. Historia, mito y coartadas intelectuales
    Respuesta a Raúl Trejo Delarbre sobre “Grandeza”

    La crítica de Raúl Trejo Delarbre al libro “Grandeza” de Andrés Manuel López Obrador parte de una observación correcta: no se trata de un texto de historia académica, sino de un relato político-moral que busca dotar de sentido a un proyecto nacional contemporáneo. El problema no está en señalar esa naturaleza -evidente desde las primeras páginas del libro-, sino en la forma en que Trejo decide clausurar el análisis mediante una cadena de descalificaciones personales que sustituyen la explicación por el juicio.

    Calificar el libro como “delirante”, “megalómano” o “ridículo” no aclara cómo opera el relato, qué función cumple ni por qué encuentra resonancia social. Estos epítetos no son el resultado de un análisis, sino su reemplazo. El desplazamiento es relevante: en lugar de examinar un dispositivo simbólico que interviene en una disputa real por la memoria, la identidad y la legitimidad política, Trejo opta por psicologizar al autor. Así, la crítica deja de interrogar un fenómeno político para convertirlo en una anomalía personal.

    Este recurso no es un exceso retórico accidental. Es una “operación intelectual con intencionalidad política”. Al presentar el libro como producto de una mente extraviada, Trejo Delarbre se exonera de discutir la pregunta central: por qué un relato de este tipo resulta significativo para millones de personas en un país marcado por siglos de despojo material y simbólico. La patologización del autor funciona como coartada de “crítica racional”: al reducir el fenómeno a un problema de carácter, se evita analizar el conflicto estructural que atraviesa la relación entre pasado, nación y poder en México.

    Ahora bien, reconocer esta operación no implica -ni debe implicar- defender los errores históricos del libro. “Grandeza” incurre en una afirmación insostenible cuando niega de manera absoluta la existencia de sacrificios humanos en Mesoamérica. La evidencia arqueológica, bioarqueológica e iconográfica acumulada durante décadas contradice esa negación. Investigaciones del Instituto Nacional de Antropología e Historia sobre el “Huei Tzompantli” del Templo Mayor documentan de forma material el uso ritual de cráneos humanos. Estudios bioarqueológicos de Vera Tiesler y Andrea Cucina han discutido con detalle los criterios osteológicos para identificar prácticas como la decapitación o la extracción cardíaca en contextos mesoamericanos (Tiesler y Cucina, Journal of Anthropological Sciences, 2006 y otr@s mas). Negar esa evidencia no fortalece la defensa de los pueblos originarios; la debilita.

    Sin embargo, aquí es donde la crítica de Trejo vuelve a cerrar en falso. Convierte un error histórico real en una descalificación total del proyecto simbólico del libro. Al hacerlo, evita discutir algo más incómodo: que la insistencia en el sacrificio humano ha sido históricamente utilizada como “dispositivo colonial de deshumanización”, no solo como dato empírico. Reconocer prácticas rituales violentas no justifica la conquista ni convierte a las civilizaciones mesoamericanas en “bárbaras”. Ese salto moral ha sido una construcción política, no una conclusión científica. “Grandeza” reacciona mal frente a este problema -confunde crítica al uso colonial del pasado con negación del pasado mismo-, pero Trejo tampoco lo enfrenta: prefiere usar el error como prueba de “mitología populista” y cerrar el expediente.

    Algo similar ocurre con el uso del término “populismo”. En el texto de Trejo, la palabra funciona como “etiqueta de clausura”, no como categoría analítica. Nombrar el relato como populista no explica por qué emerge, qué vacío simbólico intenta llenar ni qué fracasos culturales previos lo hicieron posible. Explica, más bien, la incomodidad de un sector intelectual acostumbrado a leer la política mexicana como desviación o patología, nunca como disputa legítima por el sentido común histórico.

    “Grandeza” no es un libro riguroso en términos historiográficos y falla cuando pretende serlo. Pero tampoco es un simple panfleto delirante ni una extravagancia personal. Es un intento -torpe en varios pasajes, ideológicamente cargado en otros- de disputar el relato dominante que durante décadas colocó lo indígena como lastre y no como fuente de dignidad. Reducir ese intento a una caricatura psicológica no es una crítica exigente: es una renuncia al análisis.

    El riesgo real del libro no está en su tono épico, sino en convertir identidad en virtud moral automática y disenso en falta de conciencia histórica. Esos riesgos merecen crítica severa. Lo que no merecen es una pedagogía del desprecio que, en nombre de la racionalidad, reproduce el mismo cierre moral que dice combatir.

    La discusión de fondo no es si México tuvo o no sacrificios humanos -la evidencia indica que sí, en contextos específicos-, sino si somos capaces de pensar nuestra historia completa sin usarla ni para humillar ni para idealizar. Cuando la crítica renuncia a esa complejidad y se refugia en el epíteto, deja de ser esclarecedora y se convierte, también, en un acto político.

    Referencias

    Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), excavaciones del Templo Mayor y estudios sobre el Huei Tzompantli.
    Tiesler, V. & Cucina, A. (2006). Procedures in Human Heart Extraction and Ritual Meaning: A Taphonomic Assessment of Anthropogenic Marks in Classic Maya Skeletons.Latin american. Antiquity 17(4), 2006, pp 493-510
    Tiesler, V. & Cucina, A. (2006). Procedures in Human Heart Extraction Rituals: Osteological Evidence from Mesoamerica. Journal of Anthropological Sciences.
    Florescano, E. Memoria indígena y trabajos sobre construcción colonial de mitos prehispánicos.
    López Austin, A. 1969. Cuerpo humano e ideología:Las concepciones de los antiguos nahuas, UNAM.

  3. Porque siempre hablar del peor presidente que ha tenido Mexico, cada vez que se ve el en una nota, se cree un pavo real, ya dejen de publicar cada tonteria que hace, mejor hacer notar su incapacidad como persona el haber ocupado un puesto tan alto y con muy malos resultados, ademas de ser una persona mentirosa.

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