1994, entre la memoria y la sospecha

Fue un año terrible, colmado de sobresaltos, teñido por la violencia y con atrocidades para las que, más de tres décadas después, no tenemos explicaciones plenas y ni siquiera relatos razonablemente completos. De aquel año, Gustavo Hirales Morán ofrece un intencionado recuento en su libro 1994 (El huevo de la serpiente) publicado por La Casa del Mago (2026, 256 pp.)

En los individuos, la experiencia y el talante de cada quien ayuda a enfrentar, o no, vicisitudes para las que no estábamos preparados. Las sociedades y los países cuentan con instituciones que les permiten transitar sin naufragios por tormentas no anunciadas como las que México padeció en 1994. 

Ilustración Víctor Solís

Hay mucho por recordar de ese intranquilo 94. Pero las sociedades, igual que las personas, tienen mala memoria, sobre todo cuando voltean a episodios que les resultaron traumáticos. De los momentos difíciles recordamos los rasgos más ásperos, aquello que resultó particularmente asombroso, o doloroso. Los detalles no suelen aparecer en las remembranzas que hacemos de esos pasajes. A las tragedias, sobre todo cuando pasan por el cernidor siempre selectivo y emocional que es la memoria colectiva, se las intenta explicar con formulaciones drásticas. Las grandes desgracias se les atribuyen a la fatalidad o a personajes poderosos y no al encadenamiento de circunstancias de variados alcances. El recuerdo de acontecimientos como los que nos marcaron en 1994 suele estar acotado por estereotipos que, mientras más repetidos, resultan más exitosos que las explicaciones complejas.

El alzamiento zapatista del 1 de enero, el asesinato de Luis Donaldo Colosio el 23 de marzo, el de José Francisco Ruiz Massieu el 28 de septiembre y la catástrofe financiera a mediados de diciembre, son los eslabones más angustiantes de aquel difícil año. Gustavo Hirales se ocupa fundamentalmente de los crímenes que les quitaron la vida al candidato presidencial y al secretario general del PRI y dedica algunas páginas al levantamiento en Chiapas. 

Acerca de las muertes de Colosio y Ruiz Massieu, desde el primer momento se propagaron versiones de presuntas conspiraciones fraguadas en las cúpulas del poder político y cuya verosimilitud no dependía tanto de los hechos como de las suspicacias de quienes querían creer en ellas. Sobre el asesinato de Colosio, Hirales rechaza la jamás probada, pero extendida, hipótesis de la conjura. En cambio, acerca de la muerte de Ruiz Massieu prefiere creer en una maquinación desde el más alto nivel del gobierno.

Hirales recupera amplios fragmentos de otros libros, así como de notas periodísticas. En algunos momentos del libro, sobre todo en sus primeras páginas, la narración resulta especialmente amena porque se presenta en primera persona, con el testimonio directo del autor. Asesor, en aquellos meses, de Jorge Carpizo, secretario de Gobernación, Hirales tenía un emplazamiento político privilegiado y cercano al poder.

Hirales recuerda que el asesinato de Colosio sucedió en el clima de desavenencias que había dentro del gobierno en los primeros meses de  ese año, después del alzamiento zapatista. La designación de Manuel Camacho para buscar la pacificación en Chiapas fue tomada en algunas interpretaciones como un gesto desfavorable del presidente Carlos Salinas de Gortari hacia Luis Donaldo Colosio, que desde noviembre anterior era candidato presidencial. Que al candidato le molestaba el protagonismo del Comisionado para la Paz, que en Los Pinos había dudas sobre la candidatura, que los gobernadores se alineaban con uno u otro, que si hubo tales reuniones de personalidades priistas… Aquellos disgustos y ambiciones, filtrados a columnas políticas que de esa forma los magnificaban, inquietaron sobremanera a muchos de quienes ejercían el poder, o que lo observaban en aquella época. Más de tres décadas después, esa historia de rivalidades y especulaciones personales parece muy inferior a los hechos que se pretenden explicar con ella. 

Hirales reproduce versiones que consideran determinantes en las decisiones en el poder a los humores personales, como si estuvieran aislados de la sociedad y la economía. Esos apartados del libro dependen demasiado de narraciones como las del periodista Julio Scherer García, que escribía fascinado sobre la condición anímica de los hombres (y unas cuantas mujeres) del poder, desdeñando los proyectos y decisiones que dan sentido a la política.

Al desafío del EZLN al Estado mexicano, Hirales lo explica como resultado de una estrategia aventurera de ultra izquierda, respaldada por indígenas chiapanecos. Aunque está en claro desacuerdo con ellos, muestra respeto por los zapatistas que se involucraron en “una aventura, sí, pero una aventura llena de riesgos y graves, gravísimas consecuencias”. A Marcos, junto a “su retórica impostada, ambigua y cursimente poética”, le reconoce capacidad para convencer “a miles de indígenas y a sus familias y comunidades”. El gobierno sabía de ese grupo dispuesto a la insurrección, pero no lo enfrentó para no empañar el inicio del Tratado de Libre Comercio. Luego, como rememora Hirales, el presidente resolvió no arrasar militarmente a los zapatistas. No se menciona que en esa decisión influyó la presión de la sociedad. Pocos días después del levantamiento había exigencias en la prensa, y en las calles, para que se privilegiara el diálogo por encima de la fuerza. También en aquellos momentos, y eso sí lo destaca Hirales, había, con más emoción que reflexión, opiniones que justificaban la violencia como recurso político y otras que la condenaban.

Hirales, que conoció de cerca las indagaciones sobre el asesinato de Luis Donaldo Colosio, comparte la versión de que Mario Aburto era un asesino solitario. El retrato que hace de ese criminal (“un personaje sin historia que, paradójicamente, cambia el curso de la historia”) deriva en una disquisición sobre Aburto como posible protagonista de novela. Al parecer en un desarrollo literario, Hirales relata que el asesino acudía a Tijuana a escuchar las charlas de Blas Manrique, que en los años 30 había sido dirigente comunista. El nombre de Manrique apareció en los apuntes de Mario Aburto, pero la investigación de la PGR sobre el asesinato de Colosio no encontró evidencias de que el asesino hubiera asistido a reuniones encabezadas por ese viejo líder de izquierda.

Hirales publicó en 1995 un detallado libro sobre aquel asesinato, El complot de Aburto (Diana, México). En este nuevo texto, dedica un centenar de páginas a las versiones sobre el asesinato de Colosio y otras 200 al de José Francisco Ruiz Massieu que, evidentemente, sí fue resultado de una operación orquestada. Daniel Aguilar Treviño, el gatillero que mató al dirigente priista, iba acompañado por otras personas. Aprehendido cuando intentaba huir, fue juzgado y enviado a prisión.

Sobre ese crimen se mantienen importantes zonas oscuras. La investigación, a cargo de la Procuraduría General de la República, fue distorsionada por “filtraciones y ocultamientos” como señala Hirales, principalmente debido a la intervención del subprocurador, Mario Ruiz Massieu, que tuvo a su cargo la indagación aunque era hermano de la víctima. Hirales comparte la versión de que el culpable fue Raúl Salinas de Gortari, y señala que “el móvil del crimen fue impedir que la víctima cumpliera su amenaza de descubrir sus corruptelas y sus relaciones con el narcotráfico”. Sin embargo, aunque el enriquecimiento irregular de Raúl Salinas fue ampliamente conocido, no hay evidencias sólidas de que tuviera tal recelo respecto de José Francisco Ruiz Massieu.

El móvil, como siempre, es indispensable para aclarar un crimen. En las explicaciones que recoge Hirales, los motivos para que políticos, amigos e incluso familiares suyos hubieran querido quitarle la vida a José Francisco Ruiz Massieu, resultan débiles e insuficientes. “Tenía aspiraciones políticas”, se proponía ser “candidato a la Presidencia de la República”, se dice. Ruiz Massieu era un político inteligente, exitoso y con ambiciones legítimas. Con la carrera que llevaba, lo extraño hubiera sido que no pensara en gobernar al país. Suponer que tales propósitos eran un peligro para otros personajes del poder político, que no le impidieron ser secretario general del PRI y coordinador de sus diputados, es un contrasentido. Si fuera trama de novela, sus lectores la descartarían por inverosímil.

Hirales considera que fue un “crimen de Estado”, aunque él mismo admite que como no hay una “versión inequívoca de carácter oficial”, todavía hoy “se ignora por qué se asesinó a José Francisco Ruiz Massieu”. Lo que sí sabemos es que hubo una retahíla de enredos que parecían de comedia, salvo porque aquella fue una pavorosa tragedia. Un político de primera línea, asesinado. Su hermano, apropiándose de la indagación con la aprobación del gobierno, desquiciado y desmesurado, terminó suicidándose cinco años más tarde. Un diputado señalado como organizador del crimen, Manuel Muñoz Rocha, desapareció desde entonces y para siempre. Una siniestra vidente, fue habilitada como investigadora policiaca. La Procuraduría fabricó testigos, incluso pagando dinero a raudales, para inculpar al hermano del ex presidente de la República.

Estas y otras extravagancias desnaturalizaron la indagación del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu y, posiblemente, el señalamiento de los auténticos responsables. Raúl Salinas estuvo preso diez años, acusado de ese crimen, del que luego fue absuelto. Hirales, convencido de su culpabilidad, dedica amplio espacio a la declaración ministerial del mayor Antonio Chávez Ramírez, que fue jefe de la escolta del hermano del entonces presidente. Allí se hacen acusaciones gravísimas, pero se trata de una declaración que ese militar desmintió y luego volvió a sostener y fue refutada por otros testimonios. Dar crédito a esa versión y no a otras es una decisión que, a falta de información plenamente verosímil, depende de la apreciación de cada quien. 

Los abundantes fragmentos periodísticos y de otros textos que reúne Hirales sobre el asesinato de Ruiz Massieu son piezas de un rompecabezas que pueden ser acomodadas de diversas maneras. Él las organiza de acuerdo con su convicción sobre el culpable de ese crimen. “Los muchos otros cabos sueltos”, como les dice a las abundantes contradicciones sin esclarecer en la indagación judicial, forman parte del balance que es necesario profundizar acerca del drástico 1994. Ese año, el proyecto de modernización económica impulsado por un presidente muy poderoso y a la postre sumamente  controvertido, tropezó con la crisis del entorno político. El sistema político encontró, y desarrolló, válvulas de contención democráticas para reponerse de las profundas sacudidas propinadas por la violencia política.

Gustavo Hirales en su libro reúne y organiza recuerdos y, con ellos, nos ayuda a recordar. Quienes lo vivimos de cerca, experimentamos un 1994 políticamente aciago y sombrío. Lo fue, sin duda, pero a la distancia podemos apreciarlo con otra perspectiva. En 1994 México padeció desafíos que pudo enfrentar, en buena medida gracias a que el Estado mantuvo su funcionamiento institucional y con respaldo de la sociedad, como el que se manifestó en las elecciones de agosto de aquel año. Esa lección es vigente hoy, ante el desmantelamiento de instituciones del Estado y el rechazo a la pluralidad que se expresa todos los días en Palacio Nacional. En 1994, política y delito se entrecruzaron en inquietantes episodios. Hoy el delito, con la complacencia del poder, contamina cotidianamente la vida pública.

Raúl Trejo Delarbre

Investigador Emérito en el Sistema de Investigadoras e Investigadores. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia e Inteligencia Artificial, conversaciones con ChatGPT.

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Publicado en: Sociedad y poder

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