La abuela Carlota y la legitimación del delito

Crédito: Patricio Betteo

Carlota Alfaro llega en un automóvil gris a la vivienda de la que, según dijo, fue despojada. Viste de rosa y lleva mascada negra alrededor del cuello. Trae una pistola, igual que un individuo que la acompaña. Segundos después, enfrenta a un hombre que tiene un celular en la mano y le dispara a quemarropa. Una mujer corre a abrazarlo. Se acerca un muchacho de pantalones cortos y Alfaro también le dispara. El joven queda tendido, inerte. Los gritos de otra mujer, que ha grabado esas imágenes desde el primer piso de la casa, subrayan la tragedia.

El video ha sido ampliamente propalado desde el 1 de abril, cuando tales hechos ocurrieron en la Unidad ex Hacienda de Guadalupe, en Chalco. Los modos más bien torpes de Carlota Alfaro, la frialdad con la que asesina a dos personas y sobre todo sus notorios 74 años, suscitaron el respaldo de millares de personas en las redes sociodigitales. “La abuelita justiciera”, le llamaron.

La señora Alfaro es una asesina. Si, como se dijo desde el primer momento, ella o su familia son propietarios de la vivienda y las personas que se encontraban allí la ocuparon a la fuerza, ese agravio no legitima el crimen que cometió. La propagación de docenas de memes en donde se le muestra como personaje de caricatura, trivializan y normalizan el asesinato. Las videograbaciones de hechos como ese, difundidas sin contexto y con alegre complacencia, desdramatizan los delitos y nos anestesian ante ellos.

En vez de suscitar horror, escenas como las de Chalco han sido motivo de sonrisas y, con ellas, se ha construido un discurso que ensalza a quienes, según se dice, toman justicia por su propia mano. En realidad esa no es justicia porque en una sociedad con reglas e instituciones no hay justicia en contra de las leyes. Pero la aprobación pública a reacciones como la que exhibió “doña Carlota” manifiesta la intensa desconfianza que hay en la impartición de justicia.

A “doña Carlota la vengadora” sus adeptos la asocian con la bisabuela de la película de dibujos animados “Coco”, de Disney, aunque es la antípoda de ese personaje. La apología de la asesina incluye un corrido que circulaba al día siguiente de los hechos en Chalco: “Este corrido, señores, es pa’ la anciana Carlota / Una abuela que trae huevos, no como otros de la flota / Nomás con una escuadra, su vestido de rosa / Y una bufanda negrita, se fue a buscar justicia”.

El supuesto arrojo para impedir o al menos vengar una injusticia, prevalece en la imagen pública de ese repentino personaje popular. En el ánimo para justificarla, se ha dicho que los ocupantes de la vivienda en disputa eran parte de un grupo que se dedica a invadir inmuebles. Otras versiones sostienen que la casa no es de ella, o que no lo había demostrado. Cinco días antes de los homicidios, Carlota o su hija levantaron una denuncia por la ocupación de la vivienda pero ese recurso no tuvo resultados inmediatos.

La mayoría de los mexicanos vive con miedo debido a la expansión y a la impunidad de la delincuencia. Tan sólo en un año, la tercera parte de las familias mexicanas ha padecido al menos un delito. La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública del Inegi señala que, en 2023, en el 27.5 % de los hogares hubo por lo menos una persona víctima de un delito. Se trata de 10.6 millones, de 38.6 millones de hogares. Esas víctimas, en todos los casos de 18 años y más, fueron 21.9 millones de personas. Son más de 23 000 víctimas por cada 100 000 habitantes.

La enorme mayoría de esos delitos no fueron denunciados y, por lo tanto, no los persiguió la justicia. De todos ellos, las víctimas solamente presentaron denuncias y se abrió carpeta de investigación en 7.1 % de los casos. Es decir, 93 de cada 100 delitos no fueron denunciados ante el Ministerio Público o las fiscalía estatales, o esas denuncias no prosperaron.

De los 7 de cada 100 casos en los que sí hubo carpeta de investigación en casi la mitad (47.9 %) la indagación no continuó, o no condujo a ningún resultado. Los ciudadanos por lo general no denuncian cuando sufren delitos debido a esa exigua eficacia del sistema de justicia, porque no quieren perder tiempo y, en no pocos casos, temen sufrir extorsiones.

Esa ineficiencia en la impartición de justicia no se resuelve si los ciudadanos se hacen justicia por sí solos. Al contrario. Las adhesiones a la “abuela vengadora” legitiman al delito en vez de erradicarlo. En el jolgorio y la frivolidad de los memes acerca de “mamá Carlota” hay un sustrato de resignación ante la fatalidad de la delincuencia y su impunidad. Se cree que, con esos desplantes de violencia vindicativa, si no se les puede evitar al menos unos cuantos de los muchos delincuentes saldrán perjudicados. Se trata de una falsa salida. Carlota Alfaro se convirtió en criminal con un delito, por cierto, peor al que según ella le habían cometido.

Hace rato ya que la delincuencia dejó de ocupar un segmento marginal en la vida social para colocarse en el centro de ella. La nota roja en los periódicos se trasladó a las primeras planas pero ahora, de tanto repetirse, ha dejado de ser noticia y queda relegada a páginas interiores y a recuentos prácticamente estadísticos. Solamente resultan llamativos casos como el de Carlota Alfaro, cuando sorprenden por extravagantes o porque a mucha gente le parecen emblemáticos de sus propias vicisitudes.

Carlota no es una heroína, aunque la popularidad efímera de las redes le confiere atributos que otros quisieran tener, o que muchos aplauden desde su impotencia y rabia ante la delincuencia. La edad y apariencia frágil de esa señora refuerzan la romantización de la autodefensa. Allí hay un imaginario social parecido al que legitima a los linchamientos, que son otra forma de “justicia” por mano propia y, por lo tanto, de ley de la selva.

El linchamiento desplaza al proceso judicial y se concentra en la venganza —en ocasiones, como se sabe, en contra de inocentes—. En esos casos el protagonista es la multitud; la responsabilidad se diluye en la masa enardecida, en Fuenteovejuna. Personajes como Carlota, en cambio, concentran toda la culpa y el mérito que, según algunos, pueda haber en ella. Se trata de una persona con nombre, apodos y apellido, con rostro y biografía. Todo ello permite identificarla y, así, idealizarla con facilidad.

Quienes aplauden a la “abuela vengadora” celebran la ira vindicativa. La revancha se consuma en un acto límite, aunque su perpetradora vaya a la cárcel por el resto de su vida. Pero recientemente, además, se han conocido expresiones de respaldo a criminales, por así decirlo, profesionales. Un grupo musical conocido porque acostumbra cantarles a personajes del narcotráfico, mostró imágenes del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación durante un concierto en Guadalajara. Muchos asistentes aplaudieron, mientras bailaban y entonaban una letra acerca de un capo que se hace llamar “El Señor de los Gallos”. La admiración por el delito, y sus personajes emblemáticos, está emparentada con el reconocimiento a la “justicia” por mano propia.

La “abuela de Chalco” no asesinó a dos personas en defensa propia. Nadie la amenazaba, aunque hubiera sido cierto que la habían despojado de una propiedad. No llegó a conminar a los supuestos ocupantes, sino a matarlos. No aplicó la Ley del Talión; cometió un delito más grave que el que aparentemente había sufrido. La celebridad de Carlota Alfaro, con todo y sus caricaturas y sin soslayar sus culpas, es contrapunto de un sistema de justicia que nunca funcionó del todo bien pero que ahora se desbarata día tras día.

Raúl Trejo Delarbre

Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.

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Publicado en: Sociedad y poder

3 comentarios en “La abuela Carlota y la legitimación del delito

  1. “No llegó a conminar a los supuestos ocupantes” hay un video donde los conmiina a dejar la propiedad peroo el invasor les pidio $90 000.00

  2. Vales porquería, no deberías hacer mas notas como esta, solapando la delincuencia, debería darte vergüenza.
    No es una aseina, es una justiciera porque de nada sirve la policía ni las autoridades y nada es supuesto.
    Como les encanta decir ‘supuesto’esto, y ‘supuesto’ el otro. Esas personas que murieron le robaron su casa.
    Porquería de diario y de reportero.

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