La presidenta, en nubes de copal

Crédito: Víctor Solís

El gesto duro, la mirada en alto, la mano izquierda levantada y con la palma abierta, en la otra un bastón de mando: así difundió su imagen la presidenta Claudia Sheinbaum el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer. Estaba rodeada de mujeres con trajes indígenas, varias de ellas llevaban sahumadores y todas tenían las manos hacia arriba, ella vestía del color morado con el que se identifica a la lucha feminista. Con ese retrato sus propagandistas quisieron presentar a Sheinbaum como abanderada del pueblo, especialmente de las mujeres.

Le pedí a una aplicación de inteligencia artificial que examinara la apariencia de la presidenta en esa foto. Esto respondió: “La mujer tiene una expresión seria y contenida, lo que sugiere que está inmersa en el momento, posiblemente desempeñando un rol importante en la ceremonia. Sus ojos parecen estar ligeramente entrecerrados, lo que podría indicar una actitud de introspección o enfoque, como si estuviera meditando o participando en un acto simbólico con plena conciencia. Su boca está cerrada, sin mostrar una sonrisa, lo que refuerza la idea de solemnidad o respeto por el evento que está liderando”.

Esa Sheinbaum hierática pareciera que está posando para la historia. Pero el contexto de la imagen la ubica más en el pasado que hacia el futuro. La propaganda populista explota y propaga las tradiciones indígenas para legitimar a los dirigentes con un pretendido respaldo ancestral y presentarlos como herederos de esa historia. Las dificultades externas favorecen el discurso nacionalista y anclado en el pasado, como ahora sucede frente a los amagos de Donald Trump contra México. Sin embargo no basta mirar hacia atrás para enfrentar retos de esas dimensiones. El discurso y la iconografía populistas alimentan la emoción de los ya convencidos en una causa —en este caso las decisiones de la presidenta—, pero no resuelven problemas como el desafío de los aranceles.

Aparecer envuelta en nubes de copal, circundada por mujeres indígenas que rezan o invocan a favor suyo, no es la mejor manera de mostrar capacidad para encarar las agresiones del gobierno más poderoso del mundo. Las señoras en esa imagen participan en una ceremonia mística. Si la presidenta (como suponemos) no cree en las virtudes purificadoras de ese ritual pero acepta, o incluso propicia la utilización política de una tradición indígena, se trata de un acto de simulación o manipulación. Si, en cambio, cree que tal ceremonia tiene una eficacia más allá del simbolismo, entonces se deja llevar por una forma de fanatismo religioso. En todo caso encabezar un acto religioso, además de incumplir la obligación constitucional que tiene para reivindicar al Estado laico, deja maltrecho el supuesto perfil de científica que le han querido construir a la presidenta Sheinbaum.

Al día siguiente, el domingo 9 de marzo, la presidenta encabezó el mitin que organizó su gobierno para respaldarla en su diferendo con la Casa Blanca. La nueva prórroga, hasta el 2 de abril, que concedió Trump antes de que se apliquen los impuestos adicionales a las importaciones mexicanas, le quitó a esa concentración el sentido de urgencia con el que fue convocada. La maquinaria del acarreo y la autocomplacencia ya había comenzado a andar y el mitin se realizó de todos modos, ahora convertido además en festival de música, como si las cuatro semanas de gracia que otorgó Trump fueran un triunfo que debiera ser festejado con tanto estruendo.

En su mensaje ante el Zócalo repleto de pancartas festivas y ciudadanos impacientes, la presidenta reiteró la exigencia para que Estados Unidos detenga la exportación de armas a México. Además presentó un plan de cinco puntos para la economía de nuestro país: aumento al salario mínimo y fortalecimiento del mercado interno, autosuficiencia en alimentos básicos y energéticos, inversión pública, producción nacional y programas de bienestar. Todas esas medidas son pertinentes y algunas, dignas de aplauso. Pero resultan poco útiles para hacer frente a los aranceles de Trump.

La política económica que propone Sheinbaum sería suficiente para empujar el desarrollo en un país aislado, pero México se encuentra inevitable, y también venturosamente, en un contexto de intenso intercambio comercial. Siempre es necesario que crezcan producción, salarios y mercado interno. Pero el problema de hoy son los despiadados aranceles que ha impuesto el presidente de Estados Unidos como parte de sus desplantes autoritarios.

Ante el abusador que hoy gobierna Estados Unidos, Sheinbaum ha mantenido un discurso mesurado y con argumentos racionales. Es importante subrayar y reivindicar que a México lo amparan la razón y la legalidad. Esa mesura, hasta ahora, le ha permitido a Sheinbaum mantener la interlocución con el insolente Trump. Sin embargo, con un agresor como ese, las razones no son suficientes.

Aunque es difícil, el gobierno mexicano necesita construir una respuesta que combine la diversificación de compromisos con otros países y regiones, con las alianzas y la política dentro de Estados Unidos. Por una parte, entre otras medidas, habría que solidificar acuerdos con otros países de América Latina y, con Canadá, llegar a una Cumbre México-canadiense como ha sugerido Ciro Murayama en una entrevista reciente.

Al mismo tiempo, México tendría que lograr que los aranceles le cuesten políticamente a Trump. El gobierno mexicano podría emprender, dentro de Estados Unidos, una campaña inteligente para debilitar la mayoría que tiene Trump en el Congreso, estableciendo aranceles de manera selectiva y que afecten a los votantes de congresistas que, así presionados, podrían modificar sus alineamientos en el Senado y en la Cámara de Representantes. Eso han propuesto, entre otros, el senador Ricardo Anaya en una brillante intervención en la que sugirió, además, una Reunión Interparlamentaria de legisladores de ambos países.

Trump no responde a principios, ni a razones, sino a intereses y presiones. De hecho, el aplazamiento de cuatro semanas para la aplicación de aranceles no se debió a las amables gestiones de la presidenta Sheinbaum, sino a exigencias de las empresas de automóviles en Estados Unidos. El discurso de Sheinbaum en el Zócalo eludió expresamente la posibilidad de establecer aranceles como represalia, cuando dijo que no quiere perjudicar al pueblo de Estados Unidos. Si hubiera aranceles de vuelta, no sería México sino Trump el responsable por ellos.

Una economía sólida como la que dice la presidenta que quiere, pero además una justicia capaz de enfrentar al crimen organizado como queremos los mexicanos y como exige, por su parte, el gobierno de Estados Unidos, no son posibles sin un Estado fortalecido en la legalidad. Sin embargo Sheinbaum y su partido desmantelan y debilitan al Estado mexicano. Su nueva acometida es contra el Poder Judicial. Con jueces sin carrera profesional ni respetabilidad social, como los que previsiblemente tendremos después de la mascarada que se está creando para designarlos, México carecerá del instrumento más indispensable para hacer, precisamente, justicia.

La única legitimidad que puede fortalecer a nuestro gobierno delante de amenazas como la delincuencia organizada y ahora, en otro plano, la dominación económica que pretende ejercer Trump, es la que se deriva de un Estado sólido. Los aplausos en la plaza nunca son suficientes y de ninguna manera reemplazan a las instituciones. Los mítines de autoconsumo nutren la propaganda oficial para consumo doméstico pero, más allá de eso, no impresionan a nadie. Las escenas de misticismo y las nubes de copal no ayudan a la imagen de una presidenta responsable y respetable.

Raúl Trejo Delarbre

Investigador en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM. Sus libros más recientes son: Posverdad, populismo, pandemia y Adiós a los medios.

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Publicado en: Sociedad y poder

2 comentarios en “La presidenta, en nubes de copal

  1. Coincido plenamente, esto escribí el día 9 pasado:¡Qué lamentable espectáculo mágico-religioso! Obviamente indígena. Y encima, la protagonista principal es judía y atea.
    Pero como el tópico “París bien vale una misa”, frase atribuida a Enrique de Borbón o de Navarra, el pretendiente hugonote (protestante) al reino de Francia, que eligió convertirse al catolicismo para poder reinar. Así Claudia, no tiene inconveniente en disfrazarse de tlatoani, con bastón de mando, en medio de un ritual escenificado en el sitio del Tempo Mayor con sahumerios soltando denso y aromático humo y demás parafernalia indígena, y cómo no, cámaras por todos lados captando el numerito.

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